Miguel Alexander Concepción: La cirugía como destino (+ Video)
El doctor Miguel Alexander Concepción López seguirá entrando a los salones de operaciones, atendiendo urgencias y enfrentando desafíos.
La puerta del salón de operaciones se cierra lentamente y, durante unos instantes, el silencio parece imponerse sobre los pasillos del Hospital Provincial Camilo Cienfuegos. Del otro lado queda una familia pendiente de cualquier noticia; dentro comienza otra batalla. Allí no importan la hora, el cansancio acumulado ni los problemas personales. Sobre la mesa de operaciones hay un ser humano cuya vida depende de un equipo médico que debe actuar con precisión, rapidez y serenidad.
Ese escenario ha acompañado a Miguel Alexander Concepción López durante más de un cuarto de siglo. Especialista de Segundo Grado en Cirugía General y jefe del servicio de esa especialidad en el principal centro asistencial de Sancti Spíritus, ha construido una carrera marcada por la disciplina, el estudio permanente y una profunda vocación de servicio.
No habla de heroicidades ni pretende engrandecer una profesión que considera, ante todo, un compromiso con la vida. Quizá por eso sorprende cuando confiesa que la cirugía no fue un sueño de infancia ni una meta trazada desde los primeros años.
Como muchos jóvenes, comenzó la carrera con la aspiración de convertirse en médico. El camino hacia la cirugía apareció después, casi de manera natural, mientras avanzaba por las aulas universitarias y descubría la complejidad del cuerpo humano. «No fue algo que tuviera previsto antes de estudiar Medicina. A medida que fui progresando me di cuenta de que lo que realmente me gustaba era la cirugía general», recuerda. Aquella decisión terminaría definiendo el resto de su vida profesional.
Hablar con Miguel Alexander es descubrir a un hombre que prefiere explicar antes que impresionar. Escucha cada pregunta con atención y responde sin dramatismos, incluso cuando aborda asuntos que para cualquier persona resultarían estremecedores. Tal vez esa serenidad sea una de las herramientas invisibles que todo cirujano aprende a desarrollar con los años.
Alrededor de la profesión sobreviven innumerables mitos. Uno de los más populares asegura que las manos de un cirujano jamás pueden temblar. Él sonríe discretamente antes de responder. Explica que la precisión constituye un requisito indispensable, porque cualquier movimiento durante una intervención puede marcar la diferencia entre el éxito y el fracaso de un procedimiento. Sin embargo, desmonta la idea de que el cirujano sea un ser inmune a las emociones.
«Yo creo que a todos los cirujanos nos ha temblado la mano alguna vez», dice con absoluta naturalidad. No habla únicamente del movimiento físico provocado por la tensión, sino del respeto que impone enfrentarse por primera vez al cuerpo humano.
La imagen de abrir una cavidad, descubrir órganos y tejidos o intervenir estructuras vitales produce un impacto que ningún estudiante olvida. Con el tiempo, explica, esa impresión inicial deja paso al conocimiento y a la comprensión del verdadero propósito de cada procedimiento.
«Al principio existe esa sensación porque uno está descubriendo la anatomía humana, pero después entiendes que todo lo que haces tiene un objetivo: ayudar a una persona y resolver un problema de salud». Es en ese momento cuando el bisturí deja de ser un simple instrumento y se convierte en una herramienta para devolver oportunidades.
La cirugía, insiste, exige mucho más que destreza manual. Obliga a estudiar constantemente, a mantenerse actualizado y a tomar decisiones en escenarios donde apenas existen segundos para actuar. Cada paciente representa un desafío diferente y ninguna operación es exactamente igual a otra, incluso cuando el diagnóstico parece repetirse.
Las mayores exigencias aparecen durante las urgencias. Son pacientes que llegan sin previo aviso, muchas veces después de accidentes o con lesiones que comprometen órganos vitales. En esas circunstancias no existe el privilegio de planificar durante horas ni de analizar cada detalle con calma. El cirujano debe interpretar rápidamente lo que ocurre dentro del organismo y actuar con la mayor eficacia posible.
«Hay ocasiones en que tienes que encontrar de inmediato el sitio donde un paciente está perdiendo sangre porque sabes que detener esa hemorragia puede salvarle la vida», explica. Son momentos en los que la experiencia acumulada adquiere un valor incalculable y donde el entrenamiento recibido durante años se convierte en el principal aliado.
Aunque muchos consideran que la Cirugía General constituye una de las especialidades más difíciles de la Medicina, Miguel Alexander evita establecer comparaciones. Prefiere reconocer la complejidad de todas las ramas médicas. Un neurocirujano, un ortopédico, un traumatólogo o un anestesiólogo enfrentan desafíos enormes cada día. Sin embargo, admite que el quirófano impone un nivel de tensión muy particular porque las consecuencias de una decisión incorrecta pueden manifestarse de manera inmediata.
«Lo que hace compleja a la cirugía es el nivel de estrés y las decisiones que tienes que tomar en ese momento», resume.
Detrás de esa responsabilidad también existe una relación muy especial con las familias. Mientras el equipo médico trabaja intensamente dentro del salón de operaciones, en los pasillos se libra otra batalla silenciosa. Padres, hijos, esposas o hermanos esperan noticias aferrados a la esperanza de escuchar que todo ha salido bien.
El cirujano conoce perfectamente esa ansiedad. Sabe que los minutos parecen interminables para quienes aguardan del otro lado de la puerta y comprende la necesidad casi desesperada de recibir información cuanto antes. «Nuestra gente siempre quiere saber cómo salió todo. A veces la ansiedad hace que los familiares intenten acercarse antes de tiempo, pero uno procura localizarlos y explicarles el resultado de la operación tan pronto como es posible».
No existe satisfacción comparable con ese instante. Después de varias horas de tensión, abrir la puerta del salón de operaciones y anunciar que el paciente evoluciona favorablemente transforma por completo el ambiente. Donde antes había incertidumbre aparecen lágrimas de alivio, abrazos y sonrisas.
Para Miguel Alexander ese continúa siendo el mayor reconocimiento que puede recibir un cirujano.»Cuando ves la alegría de la familia y sabes que la persona va mejorando, sientes una satisfacción enorme. Ese es el mejor pago que existe para nosotros».
Sin embargo, esa misma profesión también obliga a convivir con derrotas que ningún médico consigue olvidar.
La experiencia acumulada durante 26 años no ha logrado convertirlo en un hombre indiferente frente al dolor. Miguel Alexander Concepción sabe que la Medicina tiene límites y que, incluso cuando se emplean todos los recursos disponibles, existen enfermedades y circunstancias que escapan a la voluntad del médico. Esa es, precisamente, una de las cargas más difíciles de llevar para quienes dedican su vida a intentar salvar a otros.
Cuando se le pregunta por el momento más complejo de su carrera, no necesita buscar demasiado en la memoria. La respuesta aparece de inmediato: perder un paciente.
Para un cirujano, explica, no existe una derrota más dolorosa que aquella en la que la persona no logra superar la enfermedad o las consecuencias de un trauma, a pesar del esfuerzo desplegado. Cada intervención comienza con el propósito de resolver un problema de salud, pero no siempre el desenlace depende únicamente de la preparación, la experiencia o la voluntad del equipo médico.
«Cuando no puedes solucionar un problema porque las condiciones propias de la enfermedad no te lo permiten, es algo muy triste», reconoce.
Entre los recuerdos que conserva con mayor intensidad aparece la historia de un amigo cercano que sufrió un accidente de tránsito. La gravedad de las lesiones obligó a realizar una intervención compleja, pero el resultado no fue el esperado. En aquella ocasión, la responsabilidad profesional se mezcló con el vínculo personal, haciendo todavía más difícil aceptar el desenlace.
Después de la operación llegó uno de los momentos que más pesan en la vida de cualquier médico: comunicar una noticia dolorosa a una familia.
Hay experiencias que no desaparecen con el paso de los años. Algunas permanecen como una marca silenciosa que acompaña al profesional mucho después de abandonar el hospital. Miguel Alexander reconoce que existen casos que recuerda especialmente, no por la complejidad técnica del procedimiento, sino por la historia humana que había detrás de cada paciente.
Pero si la profesión le ha enseñado a convivir con la pérdida, también le ha regalado momentos capaces de renovar cada día la decisión que tomó cuando era estudiante de Medicina. Para él, esa recompensa tiene un valor imposible de calcular.
Quizás por eso recuerda con tanta emoción uno de los homenajes más inesperados que ha recibido en su trayectoria profesional. No ocurrió en una institución científica ni en un acto oficial. Sucedió en su propia comunidad, en Santa Lucía, Cabaiguán, durante uno de los períodos más complejos que ha vivido la humanidad reciente.
En medio de la pandemia de la covid-19, cuando el personal sanitario enfrentaba jornadas extenuantes y una presión extraordinaria, sus vecinos decidieron agradecerle de una manera que jamás imaginó. Organizaron una colecta y compraron una motocicleta para entregársela como muestra de reconocimiento por su entrega.
Miguel Alexander todavía recuerda aquella escena con emoción.
Había salido de una guardia en el hospital y, al llegar a su comunidad, encontró a los vecinos esperándolo. Ellos habían preparado todo en secreto. La motocicleta estaba allí, rodeada por quienes habían querido convertir la gratitud en un gesto concreto.»Cuando llegué ya tenían todo preparado. Sentí algo en el pecho que hasta me costaba pronunciar palabras», cuenta.
La sorpresa tuvo un significado especial porque, desde su perspectiva, no había realizado nada extraordinario. Simplemente había cumplido con el compromiso que asumió como médico: estar donde hacía falta y ayudar a quienes necesitaban de él en un momento particularmente difícil.
Esa manera de entender la profesión explica también por qué aquel reconocimiento lo conmovió tanto. No recibió el agradecimiento por una operación específica ni por un caso determinado, sino por la huella dejada durante años de trabajo cotidiano.
Hoy continúa utilizando aquella motocicleta para trasladarse al hospital. En apariencia es un medio de transporte; en realidad, representa una memoria permanente de la relación que puede construirse entre un médico y la comunidad a la que sirve.
Cuando la conversación termina, no queda la imagen de un especialista distante detrás de una bata blanca. Queda el retrato de un hombre que ha aprendido a combinar la firmeza necesaria para tomar decisiones difíciles con la sensibilidad imprescindible para comprender el dolor ajeno.
Miguel Alexander Concepción López seguirá entrando a los salones de operaciones, atendiendo urgencias y enfrentando los desafíos de una especialidad que no concede demasiadas pausas. Cada paciente traerá una nueva historia y cada intervención renovará la responsabilidad asumida hace 26 años.
La cirugía le enseñó que no todas las batallas terminan con una victoria, pero también que cada esfuerzo tiene sentido cuando al otro lado queda una persona con una nueva oportunidad.
Porque para este médico espirituano operar nunca ha sido solamente intervenir un cuerpo.Ha sido acompañar una esperanza.
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