MENU

La doctora que hizo del hospital su vida (+ Video)

La doctora que hizo del hospital su vida (+ Video) Yania atesora 33 años como médica y 24 vinculada a la Oncología. Foto: Yosdany Morejón.

A veces la Medicina exige aprender a separar. Separar el diagnóstico de la persona, el resultado de un tratamiento de la historia que existe detrás, la enfermedad de quien la padece. La doctora Yania Jiménez Madrigal parece haber escogido otro camino. “Yo lloro todos los días”, dice.

No lo cuenta como una confesión extraordinaria, sino como una consecuencia natural de 24 años dedicados a la Oncología. Detrás de esa frase hay cientos de historias, algunas con final feliz y otras que todavía regresan a su memoria cuando termina la jornada.

Yania lleva 33 años ejerciendo la Medicina. Antes de convertirse en oncóloga fue médico de la familia y, durante esa etapa, conoció de cerca una realidad que terminaría marcando su destino profesional: los pacientes con enfermedades oncoproliferativas.

En el consultorio y durante las visitas a las viviendas descubrió que atender a una persona no consistía solamente en indicar un tratamiento. Había que escucharla, acompañarla, pasarle la mano, conocer sus temores y, muchas veces, ofrecer una palabra cuando las posibilidades terapéuticas no bastaban.

Aquella experiencia tuvo peso en su decisión de especializarse. “Los pacientes son mi gen”, afirma.

La expresión resume una manera de entender el oficio. Yania necesitaba estar cerca de quienes atendía. Le gustaba establecer una relación que fuera más allá de la consulta y conocer al paciente como individuo, no únicamente como portador de un diagnóstico.

UN TELÉFONO QUE TAMPOCO DESCANSA

En la consulta multidisciplinaria hay una costumbre que para Yania forma parte de su manera habitual de trabajar: cada paciente se lleva su número de teléfono.

No importa si acaba de conocerlo.No importa si la llamada llega fuera del horario del hospital. Puede sonar de madrugada.

Las toxicidades, las reacciones adversas y las dificultades que acompañan los tratamientos oncológicos hacen que esa disponibilidad sea, para ella, una necesidad más que una elección. En un contexto donde las limitaciones materiales pueden complicar todavía más el manejo de un paciente, la comunicación adquiere un valor particular.

Su casa también ha terminado formando parte de esa red de cuidados. Si alguien se siente mal, sus puertas están abiertas. Puede llegar un paciente, quedarse, recibir atención o simplemente encontrar allí un espacio donde no tenga que atravesar solo un momento difícil.

Yania habla de todo esto sin dramatismo. Quizás porque para ella cuidar forma parte de la propia profesión.

Durante una etapa fue la única especialista de Oncología. Había jornadas que terminaban a las diez o las once de la noche. Algunas veces tenía que recoger a su hija a esa hora, después de haberla dejado al cuidado de otra persona.

Sin embargo, recuerda aquellos días con una sensación de tranquilidad. Podía llegar a casa, apoyar la cabeza en la almohada y pensar que había ayudado a todos los pacientes que tenía que atender. Ese sentimiento, más que el cansancio, parece haber determinado buena parte de su relación con el trabajo.

LA BATALLA CONTRA UNA PALABRA

Hay una palabra que todavía pesa demasiado cuando alguien recibe un diagnóstico de cáncer: muerte.

Yania conoce el miedo que provoca. Lo ha visto aparecer en la mirada de los pacientes y en las preguntas de sus familiares. También sabe que una parte de la población continúa asociando la enfermedad, casi automáticamente, con un desenlace fatal.

Por eso una de sus primeras tareas consiste en modificar esa percepción.

Explica que existen diferentes etapas de la enfermedad y que, cuando el diagnóstico se realiza en fases iniciales, existen posibilidades reales de curación. Para ella, la remisión completa es prácticamente sinónimo de curabilidad.

El mensaje no pretende minimizar la enfermedad. Al contrario: busca colocarla en su verdadera dimensión y convencer al paciente de que todavía hay algo por hacer. “Como tienes la mente tienes el cuerpo”, sostiene.

La frase no sustituye un tratamiento ni desconoce la gravedad del cáncer. Habla de otra dimensión de la batalla: la disposición de una persona para enfrentarla. “Si tengo por quién vivir, si tengo por qué luchar, si quiero vivir”, explica, hay una razón para seguir adelante.

Yania disfruta especialmente de encontrarse con quienes han superado la enfermedad y regresan a la consulta con una vitalidad semejante a la de antes.Los ve con deseos de hablar, de discutir, de reclamar su turno, de contar lo que les ocurre. “Ese es el cubano”, resume.

En esos encuentros encuentra una de las recompensas más concretas de la especialidad: comprobar que detrás de un diagnóstico que alguna vez produjo miedo existe también una historia que puede continuar.

LA ESPERANZA TAMBIÉN NECESITA TRABAJO

La Medicina exige estudiar, revisar cada caso, mantenerse actualizado y buscar alternativas. En Oncología, donde aparecen nuevos medicamentos y nuevos blancos terapéuticos, esa obligación adquiere una dimensión todavía mayor. Por eso insiste en que el médico tiene que estudiar todos los días.

No basta con conocer los tratamientos disponibles. Hay que comprender qué puede ofrecer cada uno, cuándo utilizarlo y cómo acompañar al paciente durante el proceso.

También hay que saber decir que todavía existe una posibilidad cuando el diagnóstico parece haber reducido el horizonte. En esa relación intervienen además la familia y el propio paciente. Ninguno puede quedar fuera del tratamiento.

La familia acompaña.El paciente enfrenta el proceso y asume el sacrificio que implican las terapias. El médico aporta sus conocimientos y su experiencia.

Yania suele explicar esa relación como “un triángulo amoroso”. Quizás porque en Oncología la dimensión afectiva termina atravesándolo todo: las decisiones, los tratamientos, las esperas y hasta las despedidas.

CUANDO EL TIEMPO NO CURA AL MÉDICO

Hay pacientes que dejan una huella especial. Sobre todo, cuando son jóvenes. En esos casos aparece una pregunta que no siempre resulta fácil de apartar: si podía haber hecho algo más.

Las familias suelen decirle que hizo todo cuanto estaba a su alcance. Para ellas, saber que la doctora estuvo presente, que buscó alternativas y que acompañó al enfermo constituye una forma de consuelo. Pero Yania quisiera poder hacer más.

Esa sensación no la lleva a desconocer los límites de la Medicina. Forma parte, más bien, de la exigencia con que asume su trabajo.

También por eso las historias de quienes se recuperan tienen un significado especial. Una remisión completa no representa únicamente un resultado clínico. Es el regreso de una persona a su vida cotidiana, a sus proyectos, a sus discusiones familiares, a sus preocupaciones de todos los días.

Es, en cierta forma, recuperar a alguien y cuando una persona pierde la batalla, queda la certeza de haberla acompañado hasta donde fue posible.

De ambos lados recibe fuerzas para continuar. “Las dos cosas te dan el ánimo de seguir para adelante y de seguir sacrificándote y de disfrutarle todo el tiempo a los pacientes”, afirma.

EL RECONOCIMIENTO QUE LLEGA DE AMBOS LADOS

A lo largo de estos años, Yania también ha visto crecer a otros médicos.

Ha formado residentes y ha descubierto en algunos de ellos gestos, expresiones y formas de enfrentar a los pacientes que reconoce como propias.Cuando escucha que repiten alguna de sus frases, siente orgullo. “Son palabras mías”, acota.

No se trata solamente de transmitir conocimientos médicos. También se enseña una manera de relacionarse con quienes llegan al hospital en uno de los momentos más difíciles de sus vidas.

Quizás por eso su legado profesional no se mide únicamente por los pacientes que ha tratado, sino también por aquellos médicos que aprendieron de ella una determinada forma de ejercer la especialidad.

Ser oncóloga, sostiene, exige algo más. Más amor. Más sacrificio. Más sensibilidad.

No porque las demás especialidades carezcan de esos valores, sino porque acompañar a una persona durante un proceso oncológico obliga a convivir diariamente con la incertidumbre, el dolor y la posibilidad de la muerte.

EL HOSPITAL ES SU ESCENARIO

Hay una escena que resume su manera de asumir la profesión.En ocasiones, mientras sube o baja las escaleras del hospital, alguien le pregunta por qué está tan elegante. Ella responde: “Porque este es mi escenario”.

La frase puede parecer una ocurrencia, pero encierra una convicción profunda. El hospital no es para ella únicamente el lugar donde trabaja. Es el espacio donde ha construido buena parte de su identidad profesional y humana.

Allí ha pasado jornadas interminables, ha acompañado diagnósticos difíciles, ha celebrado remisiones completas, ha llorado pérdidas y ha formado a otros médicos.

Allí también aprendió que la Medicina tiene límites, aunque eso no significa aceptarlos pasivamente.

Después de 33 años como médica y 24 vinculada a la Oncología, Yania conserva algo que el tiempo no consiguió desgastar: la necesidad de estar cerca de sus pacientes.

Tal vez por eso su historia no puede contarse solamente desde los años de servicio, los títulos académicos o las responsabilidades que ocupa.

Se cuenta mejor desde una puerta que permanece abierta, desde un teléfono que puede sonar de madrugada, desde un paciente que vuelve a la consulta con deseos de discutir su turno y desde una doctora que todavía se pregunta, ante una pérdida, si pudo haber hecho algo más.

El Hospital Camilo Cienfuegos sigue siendo su escenario y ella continúa entrando en escena cada día, con la misma certeza con la cual empezó porque, detrás de cada diagnóstico, hay una persona por la que vale la pena luchar.

No te pierdas nada. Únete al canal en WhatsApp de  Radio Sancti Spíritus.

#

Noticia,  En Audio,  Salud,  Sancti Spíritus ,  ,  ,  ,  

Deja un comentario

Aún no hay comentarios. Sé el primero en realizar uno.

También te sugerimos

Programación en vivo
Ahora:

Sigue a Radio Sancti Spíritus