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Central Diésel de Trinidad: Generar en la urgencia (+ fotos)

Central Diésel de Trinidad: Generar en la urgencia (+ fotos) Cada día se comprueba el estado de los motores, se revisan niveles y se detectan salideros. Foto: Yosdany Morejón.

Hay apagones que no solo interrumpen la rutina: parten en dos la vida. La cocina se enfría, el agua deja de correr, los centros de salud ajustan sus reservas, los hogares quedan en silencio y la noche, de pronto, parece más larga.

En Cuba, cada desconexión del Sistema Electroenergético Nacional (SEN) tiene consecuencias inmediatas, visibles y dolorosas. Pero en Trinidad, cuando el resto del país entra en penumbra, hay un lugar donde la respuesta comienza casi sin demora.

La Central Diésel de ese municipio, perteneciente a la Unidad Empresarial de Base (UEB) Geysel Sancti Spíritus, es uno de esos puntos estratégicos. Allí, entre el ruido metálico de los motores, el olor a combustible y la vigilancia continua de sus operadores, se decide buena parte de la estabilidad del municipio cuando la red nacional cae o cuando una emergencia obliga a actuar con rapidez.

No es una planta cualquiera. Es una instalación que, por su ubicación y función, resulta clave para el territorio. Trinidad depende de la línea de 110 kV que llega desde Cienfuegos y, por tanto, ante una desconexión, queda expuesta a un aislamiento súbito.

Yasniel Barroso González, jefe de brigada (casco rojo) no cree en trabajos imposibles. Foto: Yosdany Morejón.

En ese instante, esta central deja de ser una opción técnica y se convierte en una necesidad social. Hospitales, abasto de agua y otros servicios vitales esperan su turno. Y en esa espera se mide la eficacia de un colectivo que ha hecho de la disciplina su modo de vida.

“Nosotros somos fundamentales”, dice sin rodeos Yasniel Barroso González, jefe de brigada. Habla con la naturalidad de quien no exagera, pero tampoco minimiza. “Una vez que el despacho ordena preparar el esquema para sincronizar en isla, accionamos los motores y comenzamos a generar”.

UNA CENTRAL QUE NO CONOCE FERIADOS

El día en la Central Diésel de Trinidad no empieza con el café ni con la primera luz del amanecer. Foto: Yosdany Morejón.

El día en la Central Diésel de Trinidad no empieza con el café ni con la primera luz del amanecer. Empieza antes, mucho antes, cuando todavía el municipio duerme. A las 6:45 a.m. se realiza el cambio de turno, y ese momento marca el pulso del lugar.

No es un simple relevo de personal. Se trata de una revisión minuciosa de cada detalle: se comprueba el estado de los motores, se revisan niveles, se detectan salideros, se inspeccionan parámetros, se analizan incidencias, se corrige lo que haga falta y se establece el plan del día.

El ruido de los motores es ensordecedor. Foto: Yosdany Morejón.

La central trabaja las 24 horas. No cierra, no descansa, no se detiene. Los turnos se suceden con precisión, pero el verdadero reloj es otro: el de la contingencia. Cuando cae el SEN, cuando hay que entrar en islas, cuando un hospital necesita energía o el abastecimiento de agua no puede esperar, el tiempo se acelera. Y entonces cada segundo vale.

Barroso González lo explica con una mezcla de orgullo y dureza: “Aquí no hay día feriado, no hay domingo, no hay nada. Esto es 24 horas. El descanso es cuando se puede”.

La instalación cuenta con ocho motores y una capacidad total de 15 MW. Foto: Yosdany Morejón

La instalación cuenta con ocho motores y una capacidad total de 15 megawatts. De ellos, cinco están disponibles en este momento, lo que permite entregar 9,5 megawatts cuando el momento lo demanda. Los demás permanecen en avería o a la espera de piezas y recursos para ser recuperados. Detrás de esa cifra hay una realidad más compleja: equipos viejos, explotación intensa, mantenimiento constante y limitaciones materiales que obligan a estirar al máximo la vida útil de cada máquina.

EL FUNDADOR QUE APRENDIÓ A QUERER LOS MOTORES

Ismael de la Cruz Cadalso es fundador de la Central Diésel de Trinidad. Foto: Yosdany Morejón.

Hay hombres que no solo trabajan en un lugar, sino que lo fundan con su permanencia. Ismael de la Cruz Cadalso pertenece a esa estirpe. Hoy, a punto de cumplir sus 74 años, habla de la central como quien se refiere a una casa levantada con sus propias manos.

Llegó al sector antes de entrar a esta planta. Primero fue jefe de Personal en la Empresa Eléctrica, donde permaneció cinco años. Luego pasó a la subestación y trabajó allí durante 12 más. Mientras tanto, aparecieron los cursos, y él, que ya traía oficio y voluntad, decidió dar el salto. En 2005 arribó a la central cuando todavía se estaba construyendo. Un año después, el primero de mayo de 2006, la planta comenzó a generar para la población.

“Yo inauguré la central —dice con esa serenidad que solo tienen los que han visto mucho—. Empezamos aquí cuando se estaba haciendo. Y ya arrancó a generar corriente para la población”.

No lo cuenta como una hazaña personal. Lo dice como parte de una historia colectiva. Pero detrás de esa modestia está la memoria de alguien que vio nacer una instalación estratégica y que, desde entonces, ha cargado sobre los hombros la responsabilidad técnica y el orgullo de pertenecer.

Ismael habla del trabajo con afecto, como si cada motor tuviera nombre propio. Dice que le gusta mucho, que lo hace con cariño, que es peligroso, sí, pero que también es su vida. Y la palabra “vida” no le queda grande. Porque en su caso el oficio se convirtió en identidad.

En este trabajo la responsabilidad es fundamental. Foto: Yosdany Morejón.

Hubo un tiempo en que se jubiló. Pero volvió. La central lo llamó otra vez, y él respondió. No por comodidad, sino por lealtad. Había jóvenes aún en formación, muchachos que necesitaban apoyo, experiencia, guía. Y él decidió quedarse un año más para acompañarlos.

“Me recontraté porque faltaban los muchachos para terminar la escuela —cuenta—. La dirección habló conmigo para que esperara. Y me quedé”.

Esa decisión dice más de la central que cualquier reconocimiento. Habla de un lugar donde los veteranos no se van del todo, porque saben que su conocimiento todavía hace falta. Y habla también de una ética del relevo, de una cadena humana que no se rompe cuando alguien pasa a la jubilación.

Ismael ya no sube a las máquinas con la misma facilidad de antes, pero todavía observa, aconseja, enseña. Todavía mira un sensor, un tanque, una presión, un ruido extraño y entiende lo que otros apenas empiezan a leer. Lo suyo no es nostalgia: es transmisión de conocimientos.

LA JUVENTUD QUE LLEGÓ PARA QUEDARSE

Rodisley Vázquez Calzada, 28 años, es uno de los operadores más jóvenes del colectivo. Foto: Yosdany Morejón.

En otra generación de esta misma historia aparece Rodisley Vázquez Calzada, con 28 años, uno de los operadores más jóvenes del colectivo. Su llegada no fue la ruta habitual. Vino de otro mundo: el de la enseñanza. Antes trabajaba como profesor de Cultura Física en la Escuela Militar Camilo Cienfuegos, pero las dificultades de transporte le complicaron la continuidad. Vive cerca de la planta, se interesó por el empleo y encontró allí un nuevo camino.

Ese cambio no fue menor. Pasó de la docencia a la operación de grupos electrógenos, de la pedagogía al manejo de máquinas pesadas, de la rutina escolar al sonido incesante de motores de alto voltaje. Pero no habla de esa transición como de una derrota, sino como de una oportunidad.

“Mi experiencia ha sido positiva —dice—. La familia de Geysel me acogió muy bien y el contenido del trabajo es bastante motivador”.

El colectivo ha logrado mantenerse entre los mejores de su tipo en la provincia y en el país. Foto: Yosdany Morejón.

La expresión “familia” no parece un recurso de ocasión. En su voz suena verdadera. Porque en la central el aprendizaje no ocurre en abstracto: ocurre al lado de los demás, con la ayuda de los más experimentados, con la exigencia de aprender rápido y bien, con la seguridad de que una equivocación puede tener consecuencias.

Rodisley se formó a través de un curso especializado que combinó teoría y práctica. El entrenamiento se desarrolló en Sancti Spíritus y culminó en el mismo emplazamiento donde hoy trabaja. No fue una graduación ceremonial: fue una especie de bautismo laboral. Desde entonces, cada guardia, cada turno, cada arranque de motor ha sido parte de una escuela más dura, más útil y más real que cualquier aula.

“Cuando ocurre un apagón general, este lugar es clave —explica—. Podemos darles corriente a centros vitales como el hospital y el abasto de agua. Eso te hace sentir útil”.Y esa utilidad en él no suena abstracta. Suena a pertenencia, a compromiso.

APRENDER A DOMINAR MOTORES QUE RUGEN COMO BESTIAS

Trabajar en una central diésel no es manejar un interruptor. Foto: Yosdany Morejón.

Trabajar en una central diésel no es manejar un interruptor. Es convivir con máquinas grandes, antiguas, ruidosas y exigentes. Cada grupo electrógeno requiere vigilancia continua. Hay que velar la presión de aceite, la presión del agua, las temperaturas, la respuesta de cada sistema, el comportamiento de los sensores. Hay que detectar cualquier sonido extraño, cualquier vibración fuera de lo común, cualquier señal mínima de problema.

los medios de protección son indispensables. Foto: Yosdany Morejón.

Por eso los medios de protección son indispensables: casco, botas, guantes, orejeras. No están ahí para adornar la imagen del trabajo. Están para salvar vidas.

Rodisley lo aprendió rápido. Al principio, reconoce, el ruido de los motores y la fuerza con que arrancan en una emergencia le imponían respeto. A veces hasta susto.

“Alguna vez uno se asusta por un ruido inesperado —cuenta—. Pero después un compañero más experimentado te explica y entiendes que eso forma parte del proceso”.

Ese aprendizaje por observación y acompañamiento es uno de los valores más importantes de la planta. Los jóvenes no llegan a una tierra virgen: llegan a una escuela donde los veteranos enseñan lo que no aparece en los manuales. Cómo escuchar una máquina. Cómo notar una variación antes de que el problema crezca. Cómo revisar, cómo corregir, cómo no perder la cabeza cuando todo alrededor parece tensarse.

LA NOCHE, LA LLUVIA Y EL SUSTO QUE NO SE OLVIDA

Yoelvis Frómeta es operador aquí desde desde hace 11 años. Foto: Yosdany Morejón.

Hay jornadas que marcan para siempre a un trabajador. Yoelvis Frómeta, operador desde hace 11 años, recuerda una de ellas como si todavía le rozara la piel. Durante la más reciente caída del SEN, la central tuvo que entrar en isla en condiciones difíciles. Llovía. El turno era largo. Había que sacar adelante la planta sí o sí.“Fue una noche entera mojándonos. Pero logramos levantar los motores y ayudar”, cuenta.

No es solo el esfuerzo físico lo que impresiona. Es la concentración. La posibilidad de que, en medio de la oscuridad, del agua y del ruido, aún haya que pensar con claridad, actuar rápido y sostener la cadena de decisiones que devuelve la luz.

Los motores son peligrosos y hay que estar siempre atentos. Foto: Yosdany Morejón.

Yoelvis también recuerda un susto fuerte: una vez, al revisar un motor, su pierna cayó en un hueco de drenaje y quedó atrapado mientras la máquina seguía encendida. El ruido era ensordecedor. La situación, delicada. Gracias a los medios de protección y a la reacción de sus compañeros pudo salir a tiempo.

“En este trabajo hay que tener mucha responsabilidad —afirma—. Los motores son peligrosos y hay que estar siempre atentos”.

Ese tipo de historias son la prueba de que la generación eléctrica no es un asunto abstracto ni únicamente técnico. Es también un campo de riesgos, de resistencia y de confianza mutua.

EL COMBUSTIBLE QUE FALTA

Cuando ocurre un apagón general, este lugar es clave. Foto: Yosdany Morejón.

La central puede estar lista. Los motores pueden estar conservados. Los operadores pueden estar de guardia. Pero sin diésel nada arranca.

Esa es la frontera más dura hoy y el jefe de brigada lo dice sin rodeos: “Sin combustible es imposible. Podemos tener los motores listos, pero no podemos hacer nada”.

Aun así, el colectivo permanece alerta. Con combustible o sin él, la plantilla sigue cuidando las máquinas, revisando parámetros, aplicando conservación, manteniendo viva la posibilidad de respuesta. De ahí que los resultados de la Central Diésel de Trinidad no sean casuales. El colectivo ha logrado mantenerse entre los mejores de su tipo en la provincia y en el país, tanto por sus indicadores técnico-productivos como por la calidad de su trabajo humano.

Desde 2024, Geysel Trinidad ostenta la condición de mejor central de la provincia. Foto: Yosdany Morejón.

Desde 2024, ostenta la condición de mejor central de la provincia. Y la UEB a la que pertenece ha sido distinguida como Vanguardia Nacional por tercer año consecutivo, con cinco reconocimientos en total.

Ese logro no se explica solo desde la técnica. Se explica también desde el sentido de pertenencia, la disciplina, el sacrificio y la capacidad de responder bajo presión. Se explica por hombres como Ismael, que vieron nacer la central y volvieron a ella después de jubilarse. Se explica por jóvenes como Rodisley, que encontraron aquí un oficio útil y una forma concreta de servir. Se explica por operadores como Yoelvis, que pasaron noches enteras bajo la lluvia para sostener la generación.

“Somos un colectivo fuerte”, resume Barroso.Y no hace falta mucho más para entenderlo.

Cada grupo electrógeno requiere vigilancia continua. Foto: Yosdany Morejón.

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