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Papá, el hombre que enciende la luz

Papá, el hombre que enciende la luz

Aún no han cantado los gallos en Jesús María y ya Orlando está en pie. El despertador no sonó, pero el reloj biológico del padre cubano es infalible. Son las cuatro y media de la madrugada. Afuera, la oscuridad es un manto espeso solo roto por el titilar lejano de alguna ventana iluminada por un “ecoflow”. Adentro, el sigilo es su primera herramienta: no quiere despertar a los niños. Con la luz tenue de un farol recargable que él mismo reparó, se calza los tenis y sale a la batalla diaria, esa que se libra mucho antes de que el sol asome.

La primera parada es la panadería. La cola ya serpentea en la penumbra, un rosario de siluetas pacientes. Orlando saluda, intercambia un “hay que echar pa’lante” con el vecino jubilado y saca cuentas. Mientras espera el pan, aprovecha para repasar mentalmente la lista de mandados y visualizar la ruta. La guagua es una quimera desde hace varias semanas, así que caminará los tres kilómetros hasta el taller. Además de sacrificio, es costumbre, el preámbulo que aclara la mente para inventar el día.

El taller de tornería es su trinchera. Allí, en el chirriar de los tornos, Orlando se transforma. Con piezas que para otros serían chatarra, él fabrica milagros. “Esto no es un problema, es un reto”, le dice al más joven de sus aprendices mientras le enseña a tornear una pieza imposible para un motor ruso que se niega a morir. La creatividad del cubano no es un mito, es un músculo que se ejercita a diario, y Orlando lo sabe. Sudor y maestría se funden en cada pieza que sale de sus manos, piezas que mantienen viva la industria y, con ella, la esperanza de un país que se resiste a detenerse.

Al mediodía, el reloj corre en su contra. El almuerzo es un acto de equilibrio: un potaje de chícharos que la madre de los muchachos dejó al mínimo de llama en la hornilla de carbón, estirado con un poco de calabaza y un boniato. Se sientan los cuatro a la mesa. La hija mayor cuenta de su fiesta de fin de curso, el pequeño protesta porque no hay refresco. Orlando escucha, y en ese instante de juntos a la mesa las carencias materiales se desvanecen. El verdadero alimento es el abrazo de la familia, el chiste cómplice que desata una carcajada. Él no lo dice con estas palabras, pero lo sabe: está forjando un escudo contra la adversidad.

La tarde trae el desafío del apagón. Cuando la luz se va, en muchas casas reina el silencio resignado; en la de Orlando, comienza la función. A la luz de una vela, no hay celulares ni televisores que compitan. Él se convierte en el trovador de cuentos, el narrador de las hazañas de su propia infancia en el campo, cuando no había electricidad y se bañaban en el río. Los niños lo miran con los ojos muy abiertos. En esa hora mágica, el bloqueo, la escasez, el cansancio, quedan fuera de las cuatro paredes. Él no solo entretiene: transmite un legado de resiliencia, enseñándoles que la felicidad no depende de un enchufe, sino del calor humano que uno sea capaz de generar.

Ya de noche, cuando los niños duermen con el único ventilador recargable de la casa, Orlando se asoma al portal. Observa el barrio en tinieblas y respira hondo. No hay amargura en su gesto, sino una serena determinación. Sabe que mañana volverá a empezar la odisea, que tendrá que “resolver” los zapatos rotos del niño y buscar la medicina de su madre. Pero también sabe que sus hijos están aprendiendo la lección más importante: que un hombre no se mide por lo que le falta, sino por su capacidad de amar, crear y resistir sin perder la sonrisa.

Este domingo, Día de los Padres, no habrá grandes regalos; no habrá cenas suntuosas ni corbatas nuevas. El verdadero homenaje a Orlando y a los miles de padres que, como él, sostienen el alma de Cuba es ese brillo de orgullo en los ojos de sus hijos.

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