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Orden ejecutiva de Trump: entre el absurdo y lo inverosímil

Orden ejecutiva de Trump: entre el absurdo y lo inverosímil

De no ser tan absurdo, peligroso e inverosímil, el decreto o la orden ejecutiva firmada por Donald Trump el pasado 29 de enero contra Cuba movería a la risa.

Suena cuando menos ridículo, falso, demencial… eso de que una pequeña nación, subdesarrollada y pobre, con algo más de nueve millones de habitantes, sea una «amenaza inusual» y que tome medidas extraordinarias que perjudican y amenazan a Estados Unidos, la nación más poderosa y rica del mundo, con una cifra superior a 348 millones de habitantes.

No por gusto tales falacias han encontrado un enorme rechazo en distintas partes del mundo, desde voces de personas que aman a Cuba, al margen de que la conozcan o no, que simplemente no concuerdan con la hostilidad sin sentido de un imperio movido por las locuras de quien se ha autoproclamado dueño del mundo.

La vuelta de rosca retoma no pocos visos de la retórica de décadas desde la bancada presidencial del país norteño. Solo que la de ahora tiene tufos más agresivos y perversos y se corporiza en medidas que atraviesan la vida misma del país al concebir altos aranceles para quienes comercien petróleo con la isla.

Lo ha dicho Trump con todas sus letras: cero petróleo y dinero para Cuba. Nada parece más fascista. La intención malsana es asfixiar a una nación entera.

Esta vez la retórica tiene alas. Tras la agresión a Venezuela y el secuestro de su presidente constitucional, Nicolás Maduro, el imperio se ha envalentonado y cree que, ciertamente, con prácticas similares, tal como lo muestran el incremento de flancos guerreristas contra Irán, Groelandia o México, puede doblegar al universo.

Cuba no tiene petróleo como Venezuela, ni tampoco recursos naturales de valía. Tampoco tiene dinero. Eso lo sabe Estados Unidos y por eso acude a tal sarta de infamias sobre los peligros que representa para su seguridad nacional y la de la región y retoma las acusaciones sobre terrorismo. Parece una alucinación extraterrestre.

Ninguno de los pretextos que enuncia la orden ejecutiva de Trump posee argumentos, ni mucho menos evidencias jurídicas de sus acusaciones contra la isla. Mas ya se sabe que, para hacer lo que se le antoje, al presidente norteamericano y sus acólitos nada les cuesta inventar mentiras, fabricar pruebas y formar un expediente; los ejemplos están al alcance de la mano.

No lo dice ni entre líneas. Su idea es entrar y arrasar con todos, es decir, con quienes piensan distinto o han apostado por la soberanía y la independencia, y que, en el caso de Cuba, le ha plantado una resistencia que ya ronda las siete décadas, al estilo de la conocida fábula de David contra Goliat.

Como si no hubiesen sido suficientes los impactos de más de seis décadas de bloqueo económico contra la nación caribeña y que hoy ciertamente se advierten en el deterioro de esferas esenciales de la vida del país, el decreto busca cortar un oxígeno vital para cualquier nación: los combustibles.

Pero no se trata solo de conductos energéticos. Sin petróleo no solo se agravaría la situación electroenergética que, de por sí, ya es crítica; se profundizarían también las dificultades con la garantía de alimentos, medicinas, transporte, insumos de todo para el sostenimiento de todos los sectores. Nada más parecido a una crisis humanitaria o genocidio, que devendría en otro pretexto para atacar militarmente a la isla.

De ahí que tan absurda y dolorosa como la orden ejecutiva sea la actitud de cubanos que desde fuera y desde dentro, en algunos casos, aplauden y aúpan las intenciones del imperio de masacrar sin piedad a un país completo. Y en esa lista no únicamente se inscriben los representantes emblemáticos de la mafia cubanoamericana que ha alentado el odio contra su país durante décadas. A raíz de los sucesos, se han alistado otros que partieron ayer y azuzan una guerra contra los suyos y hacen llamados a la destrucción total en las redes sociales, sin percatarse de que no es justamente amor lo que siente Trump por ellos, cuando los somete hoy a persecuciones, deportaciones y abusos por parte de agentes federales de inmigración, como muestra de su desprecio a los latinos.

Olvidan que la guerra no diferencia en discrepancias ideológicas o disentimientos políticos. Quienes incitan el uso de la fuerza desdeñan que las bombas no son tan quirúrgicas como se presentan. Cuando caen no reparan en matar a los buenos y a los malos, al hijo, a la madre, al padre, al hermano, al primo, al amigo de los de aquí y los de allá.

Con el paso de las horas, el decreto ha encontrado, menos mal, respuestas de todos los colores. También gestos solidarios y justos que se estrellan contra aquellos actos de odio y vileza y que tampoco se dejan amedrentar bajo riesgo de que sea pisoteada también la soberanía propia.

Cuba no tiene drones invisibles, ni armas ultrasónicas, ni portaaviones. Ninguno de los nacidos hace más de 67 años los ha visto sino por series y películas y mucho menos ha sentido ni de lejos el olor de la pólvora de la guerra y eso muestra que la paz ha sido uno de los tesoros mayores aquí preservados.

Sus armas siguen siendo su moral, su dignidad y su épica de resistencia, aun en medio de la crisis económica que agudiza los problemas cotidianos de la gente. Esas han sido el escudo defensivo más letal para repeler amenazas, agresiones y órdenes ejecutivas.

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