Las piedras bezoares fueron consideradas durante siglos un “antídoto universal” contra todo tipo de venenos, aunque en realidad eran concreciones formadas en el aparato digestivo de animales como cabras, venados o puercoespines. Su fama se extendió en la Edad Media y el Renacimiento, convirtiéndose en objetos de lujo y símbolo de poder en las cortes europeas.