Lo oportuno es aprender a convivir con la incomodidad del pasado. Porque una sociedad que no se atreve a mirar su propia suciedad está condenada a ser superficial. En cambio, aquella que se sienta a reflexionar, que admite sus errores y aprende del pasado, esa sociedad no se debilita; se vuelve más ancha, más profunda y, sobre todo, más libre.
Quizá la pregunta no sea «¿borramos?», sino «¿qué hacemos con lo que tenemos?». Y ahí, la respuesta más humana no es la negación, sino la valentía de la reinterpretación.