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Envejecer no es un ocaso para Anita y Chicho

Envejecer no es un ocaso para Anita y Chicho

Hay historias que no se escriben con tinta fugaz, sino con el pulso firme de los años, las mañanas compartidas y la complicidad que solo otorga el tiempo bien vivido.

En el marco del Día de la Ancianidad, que se celebra este primero de octubre, la geografía humana nos regala un faro de inspiración, la vida en común de Rafael Álvarez Guerra, cariñosamente Chicho, y Anadina Capiró Domínguez, a quien todos llaman con ternura Anita.

«Cuando llegué al Centro Provincial de Higiene, me incorporé en el Departamento Económico a trabajar. Buenas relaciones, mucho tiempo trabajé junto con mi esposo que trabajaba en Materiales de la Construcción».

«Yo estaba en el Centro de Materiales de la Construcción, trabajaba específicamente en la Fábrica de Mosaicos. Eran muchas actividades entre la agricultura, la fábrica  y otros quehaceres. Y así día a día fuimos hasta que construimos una familia».

Juntos suman 43 años de matrimonio, una travesía construida sobre pilares tan sólidos como los materiales que alguna vez moldearon sus propias manos y vidas laborales.

La historia de Chicho y Anita es también el reflejo de una época donde el esfuerzo diario y la entrega laboral eran la norma.

«Fueron los momentos en que estábamos siempre unidos, íbamos a todas las actividades. Tuvimos una niña, la cual por hoy tiene 39 años. Muy buena en la escuela y hoy por hoy estamos orgullosos de ella. Al cabo de los años un niño varón, de los cuales estamos orgullosos los dos».

«Nos compartíamos todas las horas entre los dos. Ella llevaba a los muchachos por la mañana a la escuela, por la tarde yo los recogía y así cuidaron a nuestros hijos y mucho trabajo. Todo fluyó muy bien, mucho respeto, mucho cariño y cuidaron a nuestros hijos».

Hoy los años de faena intensa han dado paso a una merecida y apacible jubilación. Lejos del trajín diario de las oficinas y las fábricas, Chicho y Anita disfrutan de una rutina donde el tiempo parece detenerse para saborear los pequeños detalles.

Para ellos, envejecer no es un ocaso, sino la cosecha dorada de un jardín que cultivaron con paciencia, respeto y sobre todo, mucho amor.  Son el vivo retrato de que la vejez cuando se transita en buena compañía, se convierte en la etapa más sabia y luminosa de la existencia.

«Yo les diría que tratar de compartir las labores, tratar de influir en cuanto a la crianza de los hijos que los dos siempre están de acuerdo en cómo se van a guiar a los hijos para no tener contradicciones».

«Que los hijos vean amor y vean cariño y vean respeto en la familia. Yo le diría a las nuevas generaciones que piensen siempre antes de actuar, que sean buenos trabajadores, que sean hombres de bien, que arriben a conclusiones mutuas en las cosas del hogar, que siempre estén presentes en las formaciones de sus hijos. Creo que ahí está la clave del éxito».

En Sancti Spíritus, hablar de ancianidad es hablar de memoria viva. Celebrar esta fecha nos reta como sociedad a garantizarles no solo el bienestar material que merecen tras una vida de labor, sino también el calor humano, la escucha atenta y el lugar protagónico que les corresponde, porque cuidar de nuestros ancianos es honrar sus trayectorias, es, en esencia, honrar nuestro propio futuro.

(Por Raudel Hernández Yero)

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