El eco de las botijas
- Programa: Estampas
- Emisora: Radio Sancti Spíritus
- Fecha de emisión: 18 / 07 / 2026
- Duración: 12
- Sumario:
¿Cree usted en las paredes parlantes? ¿En esas viejas casonas que, cuando pasas por la acera de enfrente, te miran con ventanas que parecen ojos? ¿O en esos patios donde, según dicen, hay botijas enterradas esperando ser descubiertas? Si su respuesta es afirmativa —o incluso si no lo es—, esta nueva entrega de Estampas está hecha para usted.
Nos trasladamos hasta la calle Independencia número 112, en la actualidad una tabaquería que lleva el nombre de Pedro Larrea Mustelier, pero que en el pasado fue testigo de fenómenos que desafían toda explicación racional. Todo comienza en el siglo XIX, en una tarde de lluvia torrencial, cuando dos hermanas de armas tomar —doña Antonia y doña Ángela— escuchan por primera vez tres golpes claritos provenientes de la pared de fondo de su saleta. Lo que en principio parece una gotera o una tubería vieja se convierte pronto en un diálogo insólito: dos golpes de doña Antonia, dos golpes de respuesta desde el muro.
A partir de ese momento, la casona se llena de presencias invisibles: cadenas que se arrastran, un tinajón que raspa a medianoche durante más de cien años, y una familiaridad que las hermanas terminan aceptando con una mezcla de resignación y humor. «Son almas amigas», sentencia doña Antonia, mientras su hermana tiembla con el rosario en la mano.
Pero el misterio se intensifica en la década de 1940, cuando Margarita Sainz y su esposo Ramón Cuesta deciden reparar el tejado y el patio de la casa. Entre el polvo y las losas, un albañil levanta una botija de barro que resulta estar repleta de monedas de oro. El hallazgo desata la codicia y la prisa: la pareja decide mudarse a una casa moderna, dejando atrás los golpes, las cadenas y cualquier vestigio de lo sobrenatural. «Los golpes que se los den a los nuevos inquilinos», sentencian.
La casona cambia de dueños y de usos: se convierte en una mueblería llamada La Casa Mimbre y, con el tiempo, en la actual tabaquería. Pero los espíritus, al parecer, no se fueron con el oro. Hoy, entre el aroma del tabaco y las mesas donde los torcedores trabajan con destreza, todavía se escuchan golpes: dos si están contentos, tres si andan de mal humor.
Esta es una historia de casas viejas que guardan secretos, de botijas que esperan su momento, y de muertos que no entienden de mudanzas. Una estampa que mezcla el realismo mágico caribeño con el humor costumbrista y la sabiduría popular. ¿Se quedan los muertos donde fueron felices o donde no los dejaron serlo? Nosotros no sabemos, pero cuando pasamos por la calle Independencia número 112, caminamos más despacio… por si acaso.