El croissant, símbolo de la repostería europea, guarda una historia curiosa que lo vincula con la paz y la memoria cultural. Su origen se remonta a Viena, tras la derrota del Imperio Otomano en el siglo XVII. Los panaderos vieneses, que trabajaban de madrugada, alertaron a la ciudad de un ataque y, como homenaje, crearon un panecillo en forma de media luna —símbolo del imperio enemigo— para celebrar la victoria.