¿El apagón de los valores?
La crisis económica que vivimos en Cuba no es solo un problema de bolsillo; es también un asunto de alma.
La escasez material ha traído consigo una escasez espiritual: el respeto se reduce, la solidaridad se encoge y la violencia se multiplica.
Hoy se siente que las ausencias materiales socavan principios éticos y afectan normas elementales de convivencia social.
En las colas interminables, donde antes tenía espacio la paciencia, ahora se imponen los gritos y los empujones.
En los mercados, la trampa y el engaño sustituyen la honestidad: se vende lo que no sirve, se cobra lo que no vale.
En el transporte público, la indiferencia pesa más que la cortesía: pocos ceden el asiento, o ayudan al anciano.
Y en los hogares, la convivencia se fractura porque la crisis convierte la mesa familiar en un sitio de conflictos.
La violencia, que debería ser excepción, se ha vuelto una constante rutina.
El Código Penal sanciona las agresiones, pero… ¿de qué sirve castigar si no se educa?
¿De qué sirve la ley si la práctica diaria normaliza el golpe, el insulto y la humillación?
Sin embargo, todavía existen personas que, con su conducta cívica y su compromiso se convierten en faroles encendidos en medio de la penumbra.
Ellos demuestran que aún hay esperanza, que la cultura del respeto puede renacer si se cultiva desde la base.
Pero… ¿estamos haciendo lo suficiente para que su ejemplo se multiplique? ¿O seguimos dejando que la indiferencia sea la norma?
Porque la indiferencia es también una forma de violencia: la violencia del que mira y calla, del que sabe y no actúa.
La crisis económica puede apagarnos la nevera, pero nunca debería apagarnos la conciencia.
El hambre de pan se sacia con producción; el hambre de valores solo con educación y civismo.
Y si no entendemos esto, estaremos condenados a un doble apagón: el de la economía y el de la moral.
Los valores son la verdadera esencia que mantiene viva a la comunidad.
Si los reconectamos, habrá luz incluso en tiempos de escasez.
Si los dejamos perder, estaremos condenados a la oscuridad más peligrosa: la del alma.
La crisis nos ha dejado sin electricidad, pero nunca debería dejarnos sin ética.
Cuba necesita volver a encender la chispa del respeto, la solidaridad y la honestidad. Solo así evitaremos el apagón más peligroso: el apagón de los valores.
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