Dos Ríos: el último galope por la soberanía
Aquel domingo 19 de mayo de 1895, el zumbido de una columna española de unos 800 hombres rompió la aparente calma de la sabana. Llevaba solo un mes y unos días en su querida tierra, aquella por la que había vivido en el exilio y luchado en silencio. A sus 42 años, el poeta y Apóstol de la independencia, José Martí, se enfrentaba a su destino.
Las horas previas a la tragedia habían sido de intensa actividad. El campamento de Dos Ríos, donde confluyen las aguas del Contramaestre y el Cauto, era el centro de las operaciones mambisas. Allí, junto al General en Jefe Máximo Gómez y el Mayor General Bartolomé Masó, ultimaban los planes de la campaña, conscientes de la magnitud de su empresa. El 18 de mayo, Martí hizo una pausa en medio de la vorágine. Se sentó a escribir, pero la pluma se detuvo y el papel quedó incompleto tras el grito de alerta. Eran sus últimas líneas, un testamento de alerta para el amigo mexicano Manuel Mercado. En ellas, el Héroe Nacional advertía, con visión profética, del peligro real del expansionismo norteamericano: “Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas”, confesó, aludiendo a la potencia del norte, mientras afirmaba estar en “peligro de dar mi vida por mi país”.
Aquel combate no estaba en los planes de alzados y españoles. El hecho de armas se produjo de forma imprevista cuando las patrullas de reconocimiento se toparon con la vanguardia colonial. Martí, que llevaba un revólver y cabalgaba sobre Taguayabón, su famoso corcel blanco, se negó a retirarse para ponerse a salvo mientras los suyos lo cubrían. Para él, un simple asiento en la retaguardia era una traición al principio fundacional de la Guerra Necesaria que había organizado.
En la confusión de la refriega, el poeta fue alcanzado por tres disparos. Según los partes oficiales del ejército español, al mando del coronel José Ximénez de Sandoval, el impacto del proyectil en el pecho fue mortal. El cuerpo quedó tendido en el llano, y el silencio —que duró solo unos instantes— fue roto por el lamento de los mambises que no comprendían por qué el presidente del Partido Revolucionario Cubano se había enfrentado de aquella manera.
El propio militar español, al registrar el cadáver y encontrar el escrito inconcluso dirigido a Mercado, comprendió la magnitud del triunfo táctico, pero también empezó a gestarse una extraña admiración y respeto hacia el vencido. A pesar de la victoria, las autoridades coloniales no pudieron ocultar la sensación de que, en aquel llano de Dos Ríos, no habían matado solo a un hombre, sino que se habían enfrentado a una idea.
Al conocerse la noticia del deceso, la consternación cundió tanto en los campos insurrectos como en los centros de emigrados. Sin embargo, Martí ya había dejado sentado que su muerte no sería el final. “La patria es ara, no pedestal”, nos enseñó, dejando claro que la gloria personal no era el objetivo, sino el bienestar de la nación. Aquel infausto día, la mayoría de las tropas independentistas se percataron de que el alma de la revolución seguía intacta.
Porque Dos Ríos no fue el punto final. A 131 años de la caída en combate del Apóstol, su obra escrita y su acción política siguen siendo la brújula del proyecto social cubano, que no claudicó ante el colonialismo ni ante el “monstruo” que él mismo identificó como una amenaza para Nuestra América.
Fuentes: Periódico Escambray, Cubadebate, Instituto de Historia de Cuba
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