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Cuando la ciencia rompe el cascarón (+ Fotos, Audio y Video)

Cuando la ciencia rompe el cascarón (+ Fotos, Audio y Video) La segunda prueba realizada en la incubadora cambió completamente el escenario al lograr el 93 por ciento de eclosión. Foto Yosdany Morejón.

La vivienda parece demasiado pequeña para contener tanta obstinación.

Desde afuera nadie imaginaría que, tras aquellas paredes discretas de la calle Ampliación Brigadier Reeves, en la ciudad de Sancti Spíritus, se esconde una de las experiencias tecnológicas más singulares que hoy germinan en el centro de Cuba.

Allí no hay modernos parques científicos ni presupuestos millonarios. Hay herramientas dispersas sobre una mesa, computadoras abiertas, piezas electrónicas cuidadosamente clasificadas y personas empeñadas en demostrar que, incluso en tiempos difíciles, es posible edificar futuro.

No se trataba simplemente de fabricar una máquina.

El circuito impreso fue diseñado en Sancti Spíritus y posteriormente mandado a fabricar en China. Foto Yosdany Morejón.

La idea era mucho más ambiciosa: crear una tecnología propia capaz de ayudar al desarrollo avícola, sustituir importaciones, reducir costos y aportar a la soberanía alimentaria en un país donde producir alimentos se ha convertido en uno de los desafíos más urgentes.

“Queríamos hacer algo útil, algo que sirviera para el país, para mucha gente”, resume Aslian Rodríguez Caballero, ingeniero en Telecomunicacionesy Electrónica y principal gestor del proyecto.

Entonces comenzaron a buscar.

Buscaron sectores donde la tecnología pudiera generar impactos reales. Buscaron espacios donde el conocimiento acumulado durante años pudiera convertirse en una solución concreta. Buscaron un problema cuya respuesta no dependiera únicamente del dinero, sino también del talento y la persistencia. Y miraron hacia la avicultura.

Lo que encontraron fue un vacío enorme.

EL CUELLO DE BOTELLA DE LA INCUBACIÓN

Aslian Rodríguez Caballero, ingeniero en Telecomunicaciones y Electrónica y principal gestor del proyecto. Foto Yosdany Morejón.

La industria avícola cubana arrastra desde hace años dificultades severas asociadas a la escasez de alimento animal, los problemas energéticos, la falta de insumos y el deterioro tecnológico. Sin embargo, dentro de toda esa cadena productiva existe un punto especialmente sensible: la incubación.

Ahí se define casi todo: la calidad del nacimiento, la vitalidad de las aves, el rendimiento posterior, la velocidad con que puede crecer una masa avícola. Y también las pérdidas.

Aslian Rodríguez y el resto del equipo comprendieron rápidamente que muchos productores pequeños y medianos no podían acceder a incubadoras industriales modernas debido a sus elevadísimos costos. En el mercado internacional, un sistema automático de mediana capacidad puede superar fácilmente 3 000 o 4 000 dólares, mientras otros equipos industriales rebasan los 10 000 sin incluir gastos de importación, mantenimiento ni piezas de repuesto.

Para la realidad económica cubana, semejantes cifras convierten cualquier intento de modernización tecnológica en un objetivo casi inalcanzable. “Nos propusimos construir un equipo comparable con incubadoras de primer nivel, pero que pudiera hacerse aquí y a un costo razonable”, explica el ingeniero.

La idea parecía demasiado grande para el lugar donde comenzaría a desarrollarse. Pero siguieron adelante.

CIENCIA ENTRE APAGONES Y MADRUGADAS

Ingenieros espirituanos construyeron con recursos propios, una incubadora inteligente capaz de competir con equipos de alta gama. Foto Yosdany Morejón.

Nada ocurrió de golpe. Detrás de la incubadora existen casi tres años de investigación, lecturas científicas, pruebas, cálculos y madrugadas interminables. El proyecto comenzó a crecer paralelamente a dos procesos académicos: una maestría en Automática y Sistemas Computacionales cursada por Aslian Rodríguez en la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas y otra de Informática Aplicada asumida por Ángel Ramón Valdivia Hernández (el desarrollador de software del proyecto) en la Universidad de Sancti Spíritus José Martí Pérez.

La academia aportó acompañamiento científico y metodológico. “Recibimos muchísimo apoyo desde el punto de vista del conocimiento. Tanto los profesores de Santa Clara como los de Sancti Spíritus nos guiaron científicamente y nos ayudaron durante todo el proceso”, reconoce Aslian.

Entonces apareció una decisión crucial: apostar por hardware y software libres.

La elección no respondía únicamente a una filosofía tecnológica. Era también una necesidad práctica. Acceder desde Cuba a licencias industriales especializadas resulta extremadamente complejo y costoso. Por eso decidieron construir su propia plataforma.

Diseñaron el circuito electrónico completo. Desarrollaron el software desde cero. Crearon los perfiles de incubación. Analizaron protocolos industriales de comunicación. Estudiaron literatura científica internacional sobre temperatura, humedad, ventilación, niveles de oxígeno y dióxido de carbono.

Todo comenzó a tomar forma dentro de aquella vivienda convertida poco a poco en centro de investigación improvisado. “Todo lo hemos financiado nosotros mismos”, cuenta el ingeniero.

Los ingresos provenían del pequeño taller de computación. Reparando equipos. Instalando softwares. Configurando redes domésticas. Ahorrando poco a poco para comprar materiales, sensores y componentes.

El circuito impreso fue diseñado en Sancti Spíritus y posteriormente mandado a fabricar en China con estándares de alta calidad. Luego vino el ensamblaje de la estructura metálica, realizado también en casa de Aslian, con la ayuda de ingenieros mecánicos, soldadores y técnicos vinculados al proyecto.

Cada pieza fue adaptándose hasta conformar el primer prototipo funcional. Cuando finalmente encendieron el sistema, no estaban probando solamente una incubadora, sino también una idea de país.

EL CEREBRO DE LA MÁQUINA

Ángel Ramón Valdivia Hernández, desarrollador de software del Proyecto. Foto Yosdany Morejón.

Ángel Ramón Valdivia Hernández habla del software con una mezcla extraña de precisión técnica y emoción personal. Porque detrás de cada línea de código había horas de estudio, pruebas y desvelos.

La incubadora funciona mediante una arquitectura cliente-servidor donde cada equipo se comunica constantemente con una computadora central. Sensores distribuidos en el interior registran temperatura, humedad, ventilación, niveles de gases y rotación de los huevos. Toda esa información viaja en tiempo real hacia el sistema informático.

Desde allí pueden monitorear cada parámetro y modificar perfiles de incubación específicos según la especie. “Optamos por crear nuestro propio software porque necesitábamos un sistema adaptable”, explica Ángel.

Y adaptable significa mucho más que cambiar números en una pantalla.

El sistema permite diseñar perfiles distintos para gallinas, codornices, pavos u otras aves. Cada especie requiere condiciones particulares y el software controla automáticamente todas las variables involucradas en el proceso.

Temperatura exacta. Humedad precisa. Cantidad de rotaciones por hora. Ventilación. Intercambio gaseoso. Todo queda programado según criterios científicos previamente estudiados.

La incubadora incluso puede recibir configuraciones a distancia mediante conexión inalámbrica. El propósito futuro es crear una plataforma capaz de gestionar múltiples equipos simultáneamente. “Ya podemos decir que es una incubadora inteligente”, afirma el joven desarrollador de software. Y no parece exagerar.

EL DÍA EN QUE NACIERON LOS PRIMEROS POLLITOS

Este prototipo fue construido en la vivienda de Aslian, ubicada en la calle Ampliación Brigadier Reeves, en la ciudad de Sancti Spíritus. Foto Yosdany Morejón.

Hay momentos capaces de justificar años enteros. El primero de ellos llegó cuando comenzaron las pruebas de incubación.

Los ingenieros observaban atentos mientras los cascarones empezaban a romperse. Habían invertido incontables horas de trabajo, estudio y sacrificio para llegar hasta allí. Pero todavía faltaba lo más importante: demostrar que el sistema realmente funcionaba.

La primera prueba no fue perfecta. Obtuvieron apenas un 66 por ciento de eclosión en codornices. Muchos habrían visto un fracaso. Ellos vieron información.

Se reunieron entonces con productores de la finca Las Margaritas vinculados al experimento. Revisaron procedimientos. Ajustaron parámetros. Analizaron errores tanto en la granja como dentro de la incubadora.

Después volvieron a intentarlo. La segunda prueba cambió completamente el escenario: 93 por ciento de eclosión. La tercera incluso superó esas cifras preliminares.

En términos científicos y productivos, semejantes resultados colocan al sistema dentro de rangos propios de incubadoras industriales de alta eficiencia tecnológica. Y eso cambia completamente la dimensión del proyecto.

Porque no se trata únicamente de que nazcan más pollitos. Se trata de elevar productividad, reducir pérdidas y acelerar el crecimiento de las masas avícolas en un contexto donde cada alimento producido tiene un enorme valor económico y social. “Por cada 100 huevos fértiles queremos que el productor pueda llevarse más de 90 pollitos de calidad”, afirma Aslian.

Detrás de esa frase hay una filosofía completa.

TECNOLOGÍA CONTRA DEPENDENCIA

Esta incubadora apuesta por hardware y software libres desarrollado por los ingenieros espirituanos. Foto Yosdany Morejón.

La incubadora consume, como promedio, unos 145 Watts/hora. Para un equipo de esas prestaciones, la cifra resulta notablemente baja.

En un país golpeado por la crisis energética, el dato adquiere enorme importancia. Pero la verdadera dimensión del proyecto no está únicamente en el ahorro eléctrico, sino en la independencia tecnológica que representa.

Los ingenieros espirituanos decidieron no depender de plataformas cerradas ni de fabricantes extranjeros imposibles de sostener económicamente en el tiempo. Apostaron por comprender cada parte del sistema para poder modificarlo, repararlo y evolucionarlo desde Cuba. Eso tiene implicaciones profundas.

Cuando una tecnología depende completamente del exterior, cualquier ruptura logística o financiera puede paralizarla. Pero cuando el conocimiento permanece dentro del país, las posibilidades de adaptación aumentan.

Ahí radica una de las mayores fortalezas del proyecto. La incubadora puede crecer. Puede ajustarse. Puede perfeccionarse. Puede reproducirse. Y, sobre todo, puede mantenerse viva incluso en contextos económicos adversos.

UNA MIPYME PARA INCUBAR DESARROLLO

La incubadora incluso puede recibir configuraciones a distancia mediante conexión inalámbrica. Foto Yosdany Morejón.

Ahora quieren crecer.La aspiración inmediata consiste en convertirse formalmente en una mipyme privada que les permita ampliar capacidades productivas y ofrecer servicios de incubación a productores avícolas de Sancti Spíritus y otros territorios del país. El proyecto ya ha despertado interés entre campesinos y dueños de fincas que buscan mejorar sus rendimientos, sobre todo en un contexto donde acceder a tecnologías importadas resulta prácticamente imposible por sus elevados costos.

La idea de los ingenieros incluye instalar varias incubadoras, desarrollar nacedoras y crear una pequeña planta de incubación respaldada con energía fotovoltaica para garantizar estabilidad incluso durante las afectaciones eléctricas. Su propósito no se limita a fabricar equipos: aspiran a construir un servicio tecnológicamente avanzado que contribuya a elevar la productividad, reducir pérdidas y fortalecer la producción local de carne y huevos dentro de los esfuerzos nacionales asociados a la soberanía alimentaria.

“Queremos contribuir al desarrollo de la industria avícola cubana”, insiste Aslian y lo dice sentado en la misma vivienda donde todo comenzó. A pocos metros de la incubadora. Rodeado de cables, herramientas y computadoras, como si todavía le costara creer que aquello que empezó siendo apenas una tesis, una idea y unas cuantas madrugadas haya terminado convertido en un sistema capaz de competir con tecnologías internacionales.

Se trata de elevar productividad, reducir pérdidas y acelerar el crecimiento de las masas avícolas. Foto Yosdany Morejón.

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