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Carmen y su viejo sillón

Carmen y su viejo sillón

A Carmen no hay quien le quite su sillón. Es su trono en la vivienda espirituana de techo de madera. En cada balanceo, empujado por las puntas de sus pies casi sin tocar el piso, mira a la vida. Con 94 años, se dice, no hay mucho más que hacer. La huella de la cadera remendada y la nata blanca sobre su ojo izquierdo la sentaron a fuerza de familia, más que por la suya propia. Todavía, asegura, siente los bríos para tirar la casa por la ventana.

Por eso, tantas veces refunfuñó al escuchar a la nieta quejarse por limpiar. Carmen, con solo 12 años, junto a su madre lavaba y planchaba por quilos. Poco tiempo le duró el placer de sentarse a la luz del quinqué para poner trazos en la libreta. Se lo contó más de una vez a la joven de pelo crespo y sonrisa estridente. Pero, hoy hace silencio.

Lídice abrió sus alas en 2024. Voló tan lejos que atravesó medio continente hasta que, después de mucho andar, plantó bandera en los Estados Unidos. Desde entonces, no se ven. Carmen no entiende que es un formulario I-220A. Solo sabe que, tanto a ella como a su hija Magaly y bisnieta Rocío, le hacen falta sus abrazos.

Y en esa ausencia, aprovecha para apretar con las fuerzas a la pequeña de cinco años. Le habla del palmar que rodeaba su casita de tabla, cerca del río Jatibonico. De lo necesario que es aprender en la escuela para ser alguien en la vida. De tener buenos amigos. De aprovechar todas las oportunidades.

A ella les llegaron un poco tardías, insiste. Rozaba casi las tres primeras décadas de vida cuando oyó hablar de puertas abiertas para estudiar, tener un oficio, de una organización femenina que insistía que fuera de las casas había demasiado mundo por descubrir.

Con Magaly pegada a la saya, halló cómo se corta una tela y se juntan las piezas. Llevó el plato a la mesa, gracias al arte de torcer tabaco con el de coser y bordar. En el pecho no le cabía el orgullo al colgar encima de su máquina el título del curso de corte y confección Ana Betancourt.

Agradece cada oportunidad. De cerca experimentó cómo, poco a poco, las mujeres se convirtieron en protagonistas. Alaba, tanto, la creación de los círculos infantiles y, sobre todo, que al campo llegaron las mismas opciones para superarse que en la ciudad.

De ahí que las cosas fueron diferentes con Magaly, su única hija. La enseñó a no temerle a nada. Ni tan siquiera escuchó a la muchachita quejarse en los 21 días de escuela al campo. Mucho menos cuando se fue becada al tecnológico en Villa Clara.

Regresó una mujer hecha y derecha. Alternaba sus intensas jornadas como técnica en Agronomía con las muchas actividades de la Unión de Jóvenes Comunistas, (UJC). Movilizaciones para cortar caña, sembrar yuca, los domingos de preparación para la defensa, estirar su brazo para donar sangre, bailar como la primera en la fiesta de los Comité de Defensa de la Revolución, (CDR) y la Federación de Mujeres Cubanas, (FMC)… No paraba y Carmen, feliz.

El ritmo bajó con la llegada de Lídice. Sopesó la sobrecarga por el cuidado de la pequeña enfermiza, el hogar y las responsabilidades laborales. Sufría con las miradas de reojo del jefe por sus ausencias o llegadas tarde. Poco a poco, cedió terreno para evitar regaños. El divorcio le puso la tapa al pomo. Magaly cerró su mundo para acompañar a crecer a su hija y ganar sustento económico. Carmen tampoco sabe de machismo, pero sí que, aunque se ha cambiado mucho, todavía predominan las voces masculinas.

Por suerte, Lídice cumplió el sueño de las dos mujeres que le anteceden en su árbol genealógico. Se hizo Licenciada en Maestro primario. Enseñó a leer y escribir a un grupo de 25 niños. Los condujo hasta su cuarto grado.

Asaltó la COVID-19 y todo cambió. La lejanía del aula, el embarazo, las torceduras del contexto. Un día se levantó con una mochila en la espalda. Abrió la puerta, después de dar besos y abrazos que solo alcanzaron para decir cuídate mucho, te amamos.

Desde entonces, Magaly asume la crianza de Rocío y los cuidados de Carmen. Se bate en la cola de la farmacia por los medicamentos para controlar su presión arterial y la de su madre. Anda casi todo Sancti Spíritus para si ocurre el milagro de pagar en línea. Tiene un verdadero doctorado en encender rápido el carbón y, canta cuando da puño en la misma batea donde le lavaron sus pañales hace más de siete décadas. Duerme poco porque precisa estar alerta por si llega de pronto la corriente eléctrica. Hace malabares para alargar la chequera de ella y su progenitora y las pocas ayudas enviadas por Lídice, quien mantiene dos trabajos.

De reojo, desde su rincón Carmen no le pierde ni pie ni pisada. Las madres jamás lo dejan de hacer, confiesa. La nostalgia la sorprende de vez en vez. Quiere aliviar las manos de su hija, no perderse el abrazo por el regreso de su nieta y apapachar mucho más a su bisnieta. Teme que la vida siga rápido, mientras se reencuentra con ella en cada balanceo en su viejo sillón.

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