Cinco décadas de gobierno desde el barrio
Hace 50 años Cuba tuvo un parto trascendente: el nacimiento de lo que sería en el tiempo, la piedra angular del gobierno a lo cubano: las asambleas municipales del Poder Popular.
Era como poner el gobierno casi a los pies de la gente, de darle voz y rostro al protagonismo popular, de conceder la capacidad de transformar a lo más cercano de cada cual.
Con el delegado de base como piedra angular, el pueblo supo poco a poco, que sus demandas, necesidades e inquietudes podían ser escuchadas y mucho mejor, atendidas por quienes en definitiva fueron electos por él mismo.
Imperfectas aún como toda obra humana y no siempre consecuentes con lo que desde la legislación se le adjudica, a lo largo de cinco décadas, las asambleas municipales del Poder Popular han sido el motor de las transformaciones en lo económico y lo social a favor de la comunidad, de la circunscripción o del barrio, como mejor suele decirse.
Desde su estrado simbólico, que es algo más que una silla, se gestan las decisiones más trascedentes y duraderas en el tiempo, también las más perentorias, siempre que estas toquen la piel de la gente: desde la ejecución de una escuela o un policlínico o un consultorio, hasta la construcción de una acera, el destino de un alimento, los evacuados en un ciclón y hasta el precio de un producto o un servicio.
Y de todas, la misión de escuchar a la gente y sus preocupaciones, sigue siendo lo más genuino de esa estructura, aunque no en todas partes quienes la representan y componen muestran la misma capacidad para asumir tan caro encargo social.
Porque de ese intercambio cara a cara, de ese vinculo permanente con el pueblo, ya sea en un encuentro planificado u otro más informal, colectivo o individual es donde usualmente nacen las mejores decisiones, es donde se puede gestar y estimular la participación ciudadana en la resolución de sus problemas más acuciantes desde una sugerencia inteligente y efectiva hasta la donación de un recurso que pude estar en el armario de un elector.
Es esa la manera de concretar la verdadera esencia de servidores públicos que tienen los integrantes de las asambleas municipales, investidos de poder para que las entidades de su entorno articulen sus proyectos a las exigencias territoriales y necesidades locales.
Es esa la manera en que la gente se siente decisora de su propio destino y que su preocupación puede llenar las agendas de trabajo de quienes tienen el encargo de atender sus preocupaciones, o lo que es igual sus planteamientos.
No todo ha sido tan expedito en cinco décadas en cinco décadas no exentas de contradicciones, obstáculos, imperfecciones humanas, mas ese sigue siendo el mandato de las asambleas municipales a través de lo que debe ser el puente o la polea trasmisora.
Por eso en este aniversario habría que hacerle un monumento perenne a quienes a lo largo de cinco décadas han asumido la difícil misión de ser delegados de base, esos que con valentía, estoicismo, compromiso y entrega, sin recibir remuneración, dedican horas de sus vidas a escuchar a su vecino que le ve como la tabla de salvación ante un problema individual y colectivo, mucho más en tiempos en que no sobran los recursos y a veces ni la voluntad, ni la sensibilidad, de quienes tienen el encargo social de enfrentarlo.
Es ese el hombre o mujer que, a sus problemas personales propios, une los otros que le llegan en voz de sus electores: sobre el agua que no llega, la basura que no se recoge, los precios que suben por minutos, la yerba que nos tapa, los donativos mal repartidos, los apagones mal distribuidos, problemas agudizados todos en este contexto complejo.
Alguien les llamó con toda razón gladiadores cotidianos. En verdad a 50 años de haber nacido las asambleas municipales del poder popular, es epíteto se robustece en medio del más difícil escenario enfrentado por el país.
Hijas de su tiempo, las asambleas municipales del Poder Popular se reajustan a las exigencias de un momento que, desde la letra de las transformaciones, le concede mayor autonomía, prerrogativas, fortalezas, protagonismo: ese es el mayor desafío para un cumpleaños cincuentenario.
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