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Cuando el estafador se mete en tu WhatsApp

Cuando el estafador se mete en tu WhatsApp Entre los territorios con mayor denuncias de estafas aparecen Sancti Spíritus, Trinidad, Cabaiguán y Yaguajay. Foto generada con IA.

Antonio* descubrió que algo no funcionaba bien con su teléfono cuando intentó entrar a WhatsApp y ya no pudo hacerlo.

Pensó inicialmente en una falla de la aplicación, en algún problema con el dispositivo o en una de esas interrupciones que parecen pasajeras y suelen resolverse después de reiniciar el equipo, pero detrás de aquella aparente dificultad comenzaba a desarrollarse una situación mucho más peligrosa: otra persona había conseguido tomar el control de su cuenta y podía comunicarse con sus contactos utilizando su nombre, su fotografía y una identidad digital que no le pertenecía.

Mientras él intentaba recuperar el acceso, sus amigos y conocidos comenzaron a recibir mensajes desde el número habitual. El nombre era el suyo, la imagen también y el tono de la conversación no despertaba, en principio, ninguna sospecha.

El supuesto Antonio necesitaba dinero y proponía una fórmula que podía parecer habitual entre personas conocidas: una transferencia inmediata y la entrega posterior del efectivo.

Algunos confiaron y comenzaron a transferir: 30 000, 40 000 y otras cantidades fueron llegando a una operación que sus destinatarios creían estar realizando con un amigo, cuando en realidad respondían a una persona que había conseguido usurpar su cuenta.

El Ministerio del Interior en la provincia de Sancti Spíritus identifica este procedimiento entre los principales modos de operar en las estafas apoyadas en la tecnología. El teniente coronel Sonlit Fernández Montiel, jefe de Información y Análisis de la Dirección Técnica de Investigaciones (DTI) en el territorio, lo resume así: “Lo que más se está utilizando hoy, o sea, en el modo operativo con el uso de la tecnología, es el hackeo de la cuenta de WhatsApp”.

En la jerga de los delincuentes, a esta práctica se le conoce como “tarjeteo” y consiste, en esencia, en apoderarse de una cuenta para utilizarla después con fines fraudulentos.

El objetivo no es solamente entrar en una aplicación. Una vez dentro, el malhechor encuentra algo mucho más valioso: una lista de personas que ya tienen motivos para confiar en quien aparece en la pantalla.

EL CLIC QUE ABRE LA PUERTA

El mecanismo puede comenzar con una operación comercial aparentemente normal. Una persona observa en un grupo de redes sociales la publicación de un artículo que necesita, manifiesta interés y entra en contacto con quien dice venderlo. Entonces aparece el enlace que supuestamente permitirá consultar precios, conocer las características de la mercancía o completar algún paso de la compra.

El vínculo, sin embargo, puede esconder un programa malicioso. Fernández Montiel explicó que “cuando accedes al link, eso tiene un programa maligno que te hackea la aplicación y, una vez que el estafador consigue apropiarse de la cuenta, empieza a pedir dinero a nombre tuyo”.

Según el especialista, también se han detectado casos en los que las víctimas entregan información personal o determinados elementos relacionados con la ubicación del teléfono, recursos que pueden contribuir a facilitar el acceso ilícito a la cuenta.

La lógica del engaño es sencilla y por eso resulta peligrosa: el delincuente encuentra en las redes sociales a una persona interesada en un producto, aprovecha ese interés para establecer comunicación y la conduce hacia un procedimiento que aparentemente forma parte de la operación comercial, pero que en realidad puede terminar entregándole el control de su WhatsApp.

A partir de ahí, la confianza deja de proteger al usuario y pasa a convertirse en el principal recurso del delincuente.

UNA SUPUESTA MIPYME Y 3 000 DÓLARES

El escenario cambia cuando se trata de Ana**, de 65 años, que encontró en Facebook una supuesta mipyme dedicada a instalar los llamados kits o combos de energía solar, con paneles, baterías e inversor.

La propuesta respondía a una necesidad real y, precisamente por eso, podía parecer convincente. Después de establecer contacto mediante la red social, la mujer recibió una llamada en la que le aseguraron que los equipos ya se encontraban en camino hacia su vivienda y que solo faltaba efectuar el pago. La cantidad solicitada rondaba los 3 000 dólares estadounidenses que debía enviar mediante Zelle.

La mujer estuvo a punto de completar la operación, pero decidió esperar.

Pasó el tiempo anunciado y nadie apareció.

No llegaron los equipos, ni el personal encargado de la supuesta instalación, ni alguna señal que confirmara que aquella llamada correspondía realmente a una operación comercial en marcha.

La ausencia de lo prometido la llevó a comprobar antes de pagar y así evitó entregar una suma considerable de dinero.

El caso ilustra una de las características más frecuentes de estas estafas: la víctima no necesariamente recibe una propuesta absurda. Por el contrario, muchas veces el engaño funciona porque se construye alrededor de algo que necesita, desea o considera posible.

OTROS MODUS OPERANDI

Owen Hernández Rodríguez, jefe del órgano del DTI en la provincia, insistió que, entre los territorios con mayor afectación aparecen Sancti Spíritus, Trinidad, Cabaiguán y Yaguajay, aunque advirtió que este tipo de delito ha alcanzado a todos los municipios.

Añadió, además, que el hackeo de WhatsApp no es el único camino.Las redes sociales también pueden funcionar como escaparate, dijo, para una compraventa inexistente. El malhechor publica un motor, una vivienda, una prenda de vestir u otro artículo atractivo, espera a que alguien manifieste interés y, antes de que exista un encuentro físico, solicita un adelanto.

La justificación puede cambiar, pero el patrón se mantiene: una parte del dinero debe entregarse primero para garantizar una operación que nunca llega a concretarse.

El DTI identifica, igualmente, estas prácticas dentro de las estafas tradicionales y señala que en las compraventas mediante redes sociales “El presunto estafador siempre te pide un adelanto”, insiste Hernández Rodríguez.

Algo similar puede ocurrir con las ofertas de moneda extranjera. En grupos de Facebook se propone una operación que parece beneficiosa para ambas partes: una persona entrega pesos cubanos mediante transferencia y espera recibir posteriormente la divisa acordada. La primera parte de la transacción se cumple; la segunda, no.

CUANDO EL MIEDO SUSTITUYE AL NEGOCIO

Hay otra modalidad en la cual no se utiliza una mercancía atractiva para persuadir a la víctima, sino el temor por un familiar.

Los investigadores han detectado llamadas en las que el estafador se hace pasar por funcionario de prisiones y comunica a un familiar de una persona privada de libertad que ocurrió una pelea, una indisciplina o algún daño dentro del establecimiento. La historia puede incluir la rotura de un televisor, un ventilador u otro equipo y la necesidad de repararlo con urgencia.

Después aparece la solución: realizar una transferencia a determinada tarjeta para evitar que el supuesto incidente provoque nuevas consecuencias para el recluso.

La modalidad aprovecha una circunstancia psicológica distinta a la de las falsas ventas. No necesita despertar interés ni prometer una ventaja económica; necesita provocar miedo y crear la sensación de que hay que actuar inmediatamente.

Según la información ofrecida, este procedimiento se observó fundamentalmente a finales del año anterior y principios del actual. En algunos casos, los números telefónicos y las tarjetas empleados por los autores no aparecen registrados a sus nombres, lo que dificulta establecer de inmediato quién se encuentra detrás de la operación.

JÓVENES QUE DOMINAN LA TECNOLOGÍA

El perfil de los autores también obliga a mirar el fenómeno desde otra perspectiva.

El DTI señala que muchos de los investigados son jóvenes sin antecedentes penales y con conocimientos de informática, redes sociales y telefonía digital. No se trata necesariamente de delincuentes con una larga trayectoria, sino de personas capaces de utilizar herramientas tecnológicas con fines ilícitos.

Ante la pregunta de si podía hablarse de una red delictiva, eljefe del DTI en Sancti Spíritus hizo una precisión importante: “Son estafadores individuales”.

La aclaración ayuda a comprender que la repetición de un mismo método no significa, necesariamente, que exista una única estructura criminal detrás de todos los hechos. Distintos autores pueden recurrir a procedimientos semejantes y aprovechar vulnerabilidades similares.

UN TELÉFONO NO SIEMPRE DICE QUIÉN LLAMA

La investigación tampoco termina identificando al titular de un número o de una tarjeta.

Los especialistas explican que algunos delincuentes utilizan líneas y medios de pago registrados a nombre de otras personas, entre ellas ciudadanos que emigraron o personas fallecidas. Esa práctica crea una separación entre la identidad que figura en los registros y quien realmente utiliza el recurso para ejecutar la estafa.

Por eso las pesquisas debe reconstruir comunicaciones, movimientos financieros y otros elementos que permitan establecer quién está realmente detrás de la operación.

Para la víctima, sin embargo, la complejidad investigativa suele ser invisible. Lo único que aparece ante sus ojos es un número de teléfono, un perfil o un mensaje que parece auténtico.

Y con frecuencia eso basta para que confíe.

LA SEGUNDA LLAMADA

En una estafa digital, el momento decisivo puede durar apenas unos segundos: los que transcurren entre recibir una solicitud de dinero y comprobar quién está realmente detrás. Una llamada de voz, una videollamada o una verificación presencial pueden desmontar a tiempo una identidad falsa, una mercancía inexistente o una urgencia inventada.

Los autores de hechos como estos necesitan que actuemos con rapidez porque, frente a una pantalla, comprobar puede ser la diferencia entre confiar en la persona correcta y entregarle nuestro dinero a quien nunca hemos visto.

 

*, ** Los verdaderos nombres fueron omitidos para proteger su identidad.

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