El hombre que volvió a los leones (+ Video y Audio)
Hay historias que parecen sacadas de un guion cinematográfico porque contienen esos giros que, en la ficción, obligarían al espectador a preguntarse si aquello realmente pudo suceder. La de Eduardo Antonio González Hernández tiene precisamente esa apariencia, solo que aquí no hubo actores, efectos especiales ni una escena escrita de antemano: hubo un joven médico veterinario de 23 años, un león suelto y apenas unos segundos para decidir entre el instinto de sobrevivir y la fuerza de un animal capaz de matar con una sola mordida.
Ocurrió hace dos años en el zoológico de Ciego de Ávila, donde Eduardo acababa de comenzar su vida profesional después de graduarse como médico veterinario. Aquella mañana llegó, como tantas otras, al lugar donde habitualmente se cambiaba de ropa antes de comenzar la jornada y se disponía a realizar sus tareas con los animales. Era una rutina conocida, repetida muchas veces, de esas que precisamente por su carácter cotidiano terminan despojando a los lugares de cualquier apariencia de peligro.
En las proximidades del área de los leones permanecían unos pequeños cocodrilos que habían sido llevados hasta allí para protegerlos. El espacio tenía una disposición particular: dos jaulas enfrentadas, una puerta de acceso y, detrás, un pasillo por donde circulaban los trabajadores.
Eduardo conocía perfectamente aquel entorno y entró en él sin sospechar que varias negligencias cometidas la jornada anterior habían trastocado el orden perfecto del lugar.
Abrió la puerta de la manera habitual, dispuesto a entrar y continuar con su trabajo. Pero cuando se disponía a cerrarla, el animal apareció desde abajo. Había permanecido agazapado, observándolo.
El joven no lo había visto.El león sí lo había visto a él.“Me estaba viendo en todo momento”, dice Eduardo.
Y es que, la diferencia entre ambas perspectivas resultaría decisiva.
CUANDO LA RUTINA SE CONVIRTIÓ EN CAZA
Todo ocurrió con una rapidez difícil de reconstruir incluso para quien lo vivió. Eduardo apenas tuvo tiempo para comprender que el animal estaba allí cuando sintió que las mandíbulas se cerraban sobre su muslo derecho. No fue una amenaza a distancia ni un rugido que le permitiera anticipar el ataque; fue el contacto brutal y directo con la fuerza de un depredador que había permanecido al acecho.
“Yo lo primero que pensé fue que no iba a salir de ahí”, confiesa.
Durante unos segundos, la escena dejó de pertenecer al mundo de la medicina veterinaria y pasó a convertirse en una lucha elemental. Eduardo sabía que estaba ante un animal mucho más fuerte que él, pero en aquel momento no podía pensar en la diferencia de fuerzas ni en las consecuencias de la mordida. Solo podía intentar escapar.
Entonces hizo algo que nunca había imaginado que tendría que hacer y la introdujo los dedos en los ojos: “No me pasó por la cabeza otra cosa. Fue para tratar de sobrevivir”.
El animal retrocedió. Eduardo también intentó alejarse mientras buscaba la alarma. Finalmente consiguió accionarla y, alertados por el sonido, comenzaron a llegar el director y otros trabajadores del zoológico.
Pero Eduardo ya no podía caminar con normalidad.El mismo hombre que había entrado al área por sus propios pies tuvo que salir prácticamente arrastrándose.
En ese momento todavía no podía conocer la dimensión de las lesiones. Tampoco podía imaginar que aquella mordida, aunque había ocurrido en segundos, le impondría una larga batalla que duraría meses y dejaría secuelas para el resto de su vida.
LA FRACTURA QUE NO SINTIÓ
Existe una particularidad en el testimonio de Eduardo que permite comprender hasta qué punto el cuerpo puede responder de manera distinta cuando la vida está en peligro. A pesar de la violencia del ataque, el dolor más intenso no llegó inmediatamente.
Lo que sintió en aquel instante fue un golpe seco, una sensación parecida a la de una enorme piedra chocando contra su cuerpo.“Fue como si le hubieran dado una pedrada a un techo de zinc porque me traqueó el hueso”.
El fémur derecho se había fracturado en tres partes.
La potencia de la mordida había sido suficiente para quebrar uno de los huesos más resistentes del cuerpo humano. Sin embargo, la gravedad de la lesión no terminaría de revelarse en aquel momento. La herida provocada por el animal comenzaría después una segunda batalla, mucho más prolongada y peligrosa.
Eduardo fue trasladado al hospital. La lesión se complicó por una infección y su estado de salud llegó a ser crítico. Cuando finalmente los especialistas pudieron intervenir quirúrgicamente el muslo, encontraron una acumulación de aproximadamente cinco litros de líquido.
Aquello había dejado de ser solamente la consecuencia traumática de una mordida.La infección puso su vida nuevamente en peligro.
Eduardo sufrió un choque séptico y entró dos veces en paro cardiorrespiratorio. Permaneció durante meses en terapia intensiva y llegó a pasar más de ocho meses sin poder caminar. La operación que necesitaba para comenzar otra etapa de su recuperación llegó varios meses después del ataque ocurrido en enero.
Mientras el calendario avanzaba, su cuerpo permanecía detenido.
El joven que había llegado al zoológico caminando aquella mañana tuvo que aprender de nuevo a caminar.
LA OTRA BATALLA
Salir de terapia intensiva no significó que la historia hubiera terminado. Para Eduardo comenzó entonces una etapa menos visible, pero igualmente difícil: recuperar la movilidad, someterse a fisioterapia y acostumbrarse a vivir con una pierna que nunca volvería a ser exactamente la misma.
Hoy camina, pero una cojera permanente en la pierna derecha recuerda lo ocurrido. El dolor tampoco desapareció. Permanece como una molestia crónica que se hace más evidente por las noches y que, cuando cambia el tiempo o comienza a llover, vuelve a recordarle que dentro de su cuerpo quedaron pasadores y planchuelas utilizados durante el proceso de reconstrucción.
“El dolor no se me quita. Está ahí constante, constante”, explica.
A veces las personas que lo encuentran hoy en el zoológico pueden observar solamente a un joven médico veterinario haciendo su trabajo. No necesariamente saben que esa manera particular de caminar es consecuencia de un encuentro con un león que pudo haber terminado de otra forma.
Eduardo sí lo sabe.Lo sabe cada día.Y, sin embargo, algo mucho más profundo que la lesión física sobrevivió también a aquel ataque: su relación con los animales.
EL LEÓN TAMBIÉN ESTABA HERIDO
En medio de esta historia hay una paradoja que habla mucho de la profesión de Eduardo y de la manera en que entiende a los animales. Durante el forcejeo, mientras intentaba escapar, había lesionado los ojos del león. Uno de ellos quedó gravemente afectado y el otro también sufrió daños.
Eduardo terminó en terapia intensiva, intubado y luchando por su propia vida, pero seguía preguntando por el animal. Quería saber cómo estaba.
Mientras los médicos se ocupaban de él, otros especialistas atendían al león, le aplicaban medicamentos y realizaban curas para intentar preservar su visión. Desde su cama, el joven veterinario se interesaba por la evolución de aquel animal que había estado a punto de matarlo: “Yo también estaba al tanto de la salud del león”, cuenta.
Hay algo revelador en esa preocupación. Eduardo no justifica el ataque ni minimiza el peligro, pero tampoco convierte al animal en un villano. Entiende que el león actuó conforme a su naturaleza y que el ser humano, al entrar en su espacio, se encontraba ante una fuerza que no podía ser domesticada.
Aquella comprensión sería importante para lo que ocurriría después.
UNA MADRE QUE CREYÓ HABER PERDIDO A SU HIJO
Mientras Eduardo peleaba por sobrevivir en el hospital, su familia atravesaba otra forma de angustia. La noticia de que un león había atacado al joven llegó hasta su madre de una manera que difícilmente podría soportar.“Mi mamá se volvió loca cuando la llamaron y le dijeron que el león me había cogido. Mi mamá pensó que yo estaba en la morgue”.
No era una exageración de la familia.
¿VOLVER AL MIEDO?
Quizá la parte más difícil de comprender de esta historia no sea cómo sobrevivió Eduardo, sino qué hizo después.Porque la lógica indicaría que, una vez recuperado, buscaría cualquier profesión que lo mantuviera lejos de los animales salvajes, pero no ocurrió así.
Hace aproximadamente tres meses llegó a Sancti Spíritus. Se casó y comenzó una nueva vida junto a su esposa y su hija. Un día pasó frente al zoológico provincial y volvió a sentir aquella familiar atracción por los animales que había marcado su formación y su trabajo.
Preguntó si necesitaban un médico veterinario.Le dijeron que sí.Y Eduardo regresó a un zoológico.Regresó a los animales salvajes. Regresó a los leones.
La escena resulta casi imposible de imaginar: un joven que había pasado meses en terapia intensiva después de que un león le destrozara el fémur decidió continuar trabajando precisamente con aquellas criaturas que habían podido convertirse en el motivo de su muerte.
Pero Eduardo no lo interpreta como una provocación ni como un desafío.Lo entiende de otra manera.“Eso es un animal que ya te digo, es su forma de defenderse”, explica. “Era mi forma también de yo defenderme”.
No dice que haya olvidado lo sucedido. Tampoco dice que ya no exista riesgo.
Cuando se le pregunta si perdió el miedo, responde que no siente temor como tal, aunque reconoce que después de aquella experiencia el respeto hacia esos animales es inevitable.“Ya pasé una etapa que casi soy cadáver. Pero respeto sí le tengo”.
LA SEGUNDA OPORTUNIDAD
Eduardo tiene ahora 25 años. Cuando el león lo atacó apenas tenía 23 y acababa de comenzar su vida profesional. A esa edad, la muerte suele sentirse como una posibilidad lejana, casi abstracta, algo que pertenece a otras personas y a otras historias.
A él le llegó de frente, detrás de una puerta, en el instante aparentemente insignificante de una jornada de trabajo. Por eso cuando habla de lo ocurrido no lo presenta como una hazaña.Habla de supervivencia.
Y cuando se le pregunta si considera que la vida le dio otra oportunidad, tampoco necesita demasiado tiempo para responder. “La vida me dio una segunda oportunidad y me la dio para yo seguir en lo que me gusta, la medicina”.
Puede atender un perro o un gato. Puede tratar cualquier animal que llegue a sus manos. Pero su verdadera pasión continúa estando en aquellos que no pueden ser considerados domésticos. “A mí lo que me gustan son los animales salvajes”.
Hay algo profundamente simbólico en encontrar a Eduardo hoy frente a una jaula de leones. Su cuerpo conserva las consecuencias del ataque, pero su oficio también conserva aquello que tenía antes de aquella mañana: la voluntad de cuidar animales.
No volvió para demostrar que es más fuerte que ellos. Tampoco para demostrar que no siente miedo. Volvió porque comprendió que una experiencia terrible no tenía por qué decidir el resto de su vida.
Eduardo no necesita olvidar al león para seguir adelante.
Lo lleva consigo en la memoria, en la cicatriz, en la cojera y en ese respeto que ahora acompaña cada acercamiento a un animal salvaje.
Hace dos años creyó que no saldría vivo de aquella jaula. Hoy vuelve a entrar a una similar.
Solo que ahora lo hace con la experiencia de quien estuvo al borde de la muerte y regresó con una certeza que difícilmente podrá olvidar: la vida puede cambiar en un segundo, pero una segunda oportunidad también puede durar toda una vida.
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