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A medio siglo del secuestro de Crecencio Galañena, no podemos olvidar

A medio siglo del secuestro de Crecencio Galañena, no podemos olvidar

Hace exactamente medio siglo, el 9 de agosto de 1976, Crecencio Nicomedes Galañena Hernández salió de la Embajada de Cuba en Buenos Aires y caminó hacia el olvido que la dictadura argentina había preparado para él.

Tenía 27 años y un sueño: servir a su país, al que nunca volvió.

Crecencio ‒el Negro, como le decían en la familia‒ nació en las lomas de La Garita, comunidad ubicada en el municipio espirituano de Yaguajay; fue el benjamín de ocho hermanos y no tuvo zapatos hasta los nueve años.

No fue a la escuela primaria, vivía en piso de tierra, sin electricidad y sin asistencia médica; su madre murió de tuberculosis cuando él aún no había cumplido los diez años, porque la familia no podía pagar el tratamiento.

Justo en esa época la Revolución llegó y le cambió la vida: empezó a estudiar, se preparó, se superó.

Llegó a La Habana y de ahí viajó a Argentina como miembro del cuerpo diplomático de Cuba; era el último de ocho hermanos, el más chiquito, el que había salido de la miseria para defender su propia causa.

El 9 de agosto de 1976, Crecencio caminaba por la calle Virrey del Pino, en el barrio argentino de Belgrano, junto a su compañero Jesús Cejas Arias, el pinareño de 22 años; acababan de salir de la embajada.

Según investigaciones del periodista John Dinges, un grupo de militares argentinos de unos 40 hombres armados, con sus Ford Falcón, bloqueó ambos lados de la vía y los sometió a pesar de la tremenda resistencia que opusieron; fue el inicio de una pesadilla de desconcierto que duró 36 años para la familia.

Los llevaron a Automotores Orletti, el centro clandestino de detención, tortura y exterminio que funcionaba en Buenos Aires como sede del Plan Cóndor, la coordinación represiva de las dictaduras del Cono Sur.

Ahí, en ese infierno disfrazado de taller mecánico, fueron torturados durante días.

Según declaró el represor chileno Manuel Contreras Sepúlveda, exjefe de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), los agentes de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) Michael Townley y el cubano-estadounidense Guillermo Novo Sampoll viajaron a Argentina para interrogarlos.

Pero Crecencio no se quebró, no traicionó, no lograron sacarle información, confirmaron luego sus propios captores.

Mientras la dictadura argentina montaba un operativo de prensa para hacer creer que los dos cubanos habían desertado —la agencia AP recibió un sobre con sus credenciales y una nota falsa—, Crecencio y Jesús estaban siendo torturados en Orletti.

No los mataron por ser militares o funcionarios importantes; los mataron por ser fieles a la Revolución cubana, por amar a su país, y eso es lo que duele más.

Crecencio no tomaba decisiones, solo era un joven que trabajaba en la embajada y lo mataron solo por defender una causa.

La familia estuvo 36 años sin saber nada; el padre del Negro, Ricardo Galañena, murió senil preguntando insistentemente por su hijo; nunca supo que su más pequeño ya no volvería.

Finalmente, la triste y definitiva noticia llegó en 2012: habían encontrado los restos de Crecencio en un barril metálico de 200 litros, relleno de cemento y arena, en un predio de San Fernando.

Los habían arrojado a un canal para que nunca aparecieran, pero los encontraron, y Crecencio volvió a Yaguajay para descansar entre los suyos.

El hallazgo se confirmó por el Equipo Argentino de Antropología Forense, que identificó los restos con un 99.99 por ciento de probabilidades.

Un grupo de niños que jugaban en la zona reportaron a las autoridades locales haber encontrado huesos en un barril oxidado.

La ciencia y la voluntad de no olvidar devolvieron a Crecencio a casa.

Hoy, 50 años después, no podemos saber en qué habría sido de él si lo hubieran dejado vivir, qué familia habría formado o a quién le habría querido dar el último abrazo que le fue negado.

Este crimen fue posible porque los Estados Unidos, a través de la CIA, financiaron, apoyaron y encubrieron la Operación Cóndor.

Crecencio fue una víctima del imperialismo, como tantos otros latinoamericanos que se atrevieron a soñar con un mundo distinto.

Hoy, al cumplirse medio siglo de su secuestro, no podemos olvidar esa historia que forma parte de la historia nacional y hasta del continente americano entero; no podemos olvidar a nuestros muertos, ni permitir que quienes los asesinaron queden impunes, al menos, en la memoria colectiva.

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