El Yayabo, el río que no perdona
- Programa: Estampas
- Emisora: Radio Sancti Spíritus
- Fecha de emisión: 08 / 08 / 2026
- Duración: 11
- Sumario:
¿Sabe que hay ríos que no son de agua, sino de sentencia? El Yayabo, ese que cruza la Villa del Espíritu Santo, es el más terco de todos. No negocia, no perdona, no da segundas oportunidades. En esta nueva entrega de Estampas, nos adentramos en una de las leyendas más arraigadas en la tradición oral espirituana: la historia del forastero que, en su afán por llegar a la Santísima Trinidad, desafió al río y pagó las consecuencias.
Corría el siglo XIX. Un forastero y su esposa viajaban desde San Juan de los Remedios en una carreta tirada por un caballo esquelético, cargando un baúl de ropas viejas, tres gallinas y el sueño de hacerse ricos en Trinidad. Al llegar a las afueras de Sancti Spíritus, un arriero les advierte: para cruzar el puente de Yayabo no basta con pagar dos monedas; hay que pedir permiso al agua. El forastero, arrogante y escéptico, desoye el consejo. «Eso es un cuento de viejas», sentencia, y bebe un sorbo del río para calmar su sed.
Pero el Yayabo tiene memoria. Y quien bebe de sus aguas, se queda.
El agua, dulce y engañosa, lo atrapa con un tirón invisible. Una voz emerge del fondo: «Soy yo, el que cuida el agua, el que firma los contratos. Y usted acaba de firmar sin leer los términos y condiciones». Al forastero le empiezan a salir raíces en los pies; su esposa, sin querer, también bebe el agua picada por la brisa. Ambos quedan condenados a vivir en Sancti Spíritus para siempre.
Años después, el forastero —ya convertido en un vecino más— cuenta la historia a su hija, que sueña con conocer Trinidad. Pero el padre, con la sabiduría que da el tiempo, le explica que el Yayabo no es un río cualquiera: es un abrazo de hierro que aprieta el alma. Y aunque su sueño de ser hacendado trinitario se quedó en el puente, al menos en Sancti Spíritus los vecinos son buena gente y el río ayuda a los cultivos.
Una historia de realismo mágico, humor costumbrista y la eterna advertencia de respetar las fuerzas invisibles que habitan en nuestra tierra. Porque, como dice el arriero: «El que bebe agua del Yayabo ya no tiene para dónde coger, y el que no bebe también porque se muere de sed».