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Un enfermero espirituano entre terremotos en Venezuela (+ Fotos, Audio y Video)

Un enfermero espirituano entre terremotos en Venezuela (+ Fotos, Audio y Video) El enfermero espirituano Julio Evelio Hernández Ventura creyó que no volvería a abrazar a su familia durante los terremotos registrados el pasado 24 de junio en Venezuela. Foto cortesía del entrevistado.

Hay segundos que duran una vida entera y Julio Evelio Hernández Ventura lo descubrió bien cerca de las seis de la tarde del pasado 24 de junio, cuando se inclinó para ponerse las medias y regresar a la sala de terapia intensiva del Centro de Diagnóstico Integral (CDI) La Urbina, en la populosa parroquia Petare, estado de Miranda.

Trece meses llevaba cumpliendo misión internacionalista en Venezuela. A sus 60 años y después de cuatro décadas como enfermero, pensaba que había visto casi todo. Se equivocaba.

Sentado sobre la cama sintió que el colchón desaparecía bajo su cuerpo. No era vértigo. No era cansancio. Era la tierra.

La colaboración médica cubana en Venezuela lleva asistencia sanitaria a comunidades afectadas tras los terremotos del 24 de junio. Foto tomada de Facebook.

Los calderos comenzaron a golpearse unos contra otros con una violencia inexplicable. La puerta del refrigerador se abrió de golpe. Los teléfonos celulares rompieron el silencio con alarmas desconocidas. Durante unos instantes nadie entendió qué ocurría, hasta que la realidad se impuso con la fuerza de una sentencia: el edificio estaba siendo sacudido por un terremoto.

Arriba, en el tercer piso destinado al alojamiento de los colaboradores cubanos, el miedo llegó antes que cualquier explicación.

Treinta y dos hombres y mujeres quedaron atrapados entre el estruendo del concreto y la incertidumbre. Algunos gritaban. Otros permanecían inmóviles. Hubo quien olvidó por dónde estaban las escaleras. Durante unos segundos desaparecieron la experiencia profesional, los años de servicio, la serenidad aprendida en cientos de guardias y solo quedó el instinto.

«Se formó el caos», recuerda Julio. Las voces se mezclaban con el ruido del edificio. Nadie sabía si el siguiente movimiento sería el último. Pero en medio de aquella confusión apareció algo que los profesionales de la salud aprenden mucho antes de dominar una técnica: organizarse incluso cuando el miedo intenta desordenarlo todo.

La jefa de brigada comenzó a dar instrucciones. Había que evacuar y hacerlo ya.

Julio ni siquiera terminó de vestirse. Bajó las escaleras casi corriendo hasta la Unidad de Cuidados Intensivos.

Aquella tarde del 24 de junio, la catástrofe puso a prueba a millones de venezolanos. Foto Tomada de Facebook.

Abajo permanecían tres pacientes cubanos ingresados con diferentes patologías. No tuvo tiempo para preguntarse si el edificio resistiría.

Su primera reacción fue exactamente la misma que lo ha guiado en cuatro décadas de profesión: salvar. Uno tras otro fueron evacuados de la sala. También una paciente venezolana recién operada. La familia llegó poco después y consiguió ponerla a salvo.

Solo entonces, cuando todos estaban fuera del inmueble, Julio sintió el verdadero peso del miedo. «Pensé que era el fin de la vida», confiesa.

La frase sale serena, pero todavía conserva el estremecimiento de aquella tarde. «En fracciones de segundo me despedí de mis hijas, de mi mamá, de toda mi familia».

No fue una despedida pronunciada; más bien una despedida silenciosa. La clase de conversación que un ser humano sostiene consigo mismo cuando cree que ya no volverá a ver a quienes ama.

Y es que, mientras la tierra seguía descargando su fuerza sobre Miranda, un enfermero nacido en Sancti Spíritus comprendía que la naturaleza no distingue edades, profesiones ni fronteras. Da igual haber dedicado toda una vida a luchar contra la enfermedad. Hay momentos en que el ser humano descubre, con brutal claridad, lo pequeño que resulta frente al poder del planeta.

Pero el terremoto todavía no había terminado. A la primera gran sacudida le siguieron otras. Y después otra. Y otra más. Hasta completar 24 réplicas que mantuvieron en vilo a quienes acababan de escapar del edificio.

Cada nuevo temblor volvía a detener la respiración. Cada vibración hacía pensar que el siguiente colapso podía ocurrir en cualquier momento.

Sin embargo, entre todas las imágenes que Julio conserva de aquella tarde, hay una que todavía lo persigue.

Una colaboradora corrió desesperadamente hacia la amplia terraza del tercer piso. No buscaba la salida. Buscaba lanzarse al vacío. Convencida de que el edificio podía desplomarse sobre ella, creyó que saltar hacia la calle sería menos terrible que quedar sepultada bajo toneladas de concreto. «¡Ay, Julio… yo me voy por aquí!», alcanzó a decir.

Él reaccionó antes de pensar. La llamó. La obligó a detenerse. Le gritó que regresara. La hizo volver.

Horas más tarde, cuando el terror comenzaba a transformarse en agotamiento, ella volvió a buscarlo. —Menos mal que me llamaste… Yo iba a tirarme, le dijo.

Julio escucha todavía aquellas palabras y comprende que aquella tarde no solo salvó a los pacientes que estaban bajo su cuidado; sino que también consiguió rescatar a una compañera del peor enemigo que puede aparecer durante una catástrofe: el pánico.

DESPUÉS DE LAS GRIETAS

Varios niños son atendidos por los colaboradores cubanos tras la reciente catástrofe ocurrida en Venezuela. Foto tomada de Facebook.

El amanecer no trajo calma; solo permitió ver con claridad lo que la oscuridad había ocultado durante los terremotos.

Las grietas recorrían las paredes del Centro de Diagnóstico Integral La Urbina como cicatrices recién abiertas. La escalera presentaba fracturas visibles. El edificio que durante años había servido para atender y salvar vidas ahora inspiraba desconfianza. Permanecer allí significaba desafiar una estructura que podía terminar de ceder con cualquiera de las réplicas.

Al día siguiente llegaron los responsables de la Misión Médica Cubana en el estado Miranda. La inspección fue breve. Bastó recorrer el inmueble para tomar una decisión inmediata: había que abandonar el edificio.

No hubo tiempo para recoger recuerdos ni pertenencias. Apenas unos minutos para subir al tercer piso, tomar la ropa imprescindible y salir definitivamente de aquel lugar que, hasta horas antes, había sido hogar y centro de trabajo de los colaboradores cubanos. Una guagua los esperaba afuera.

Cada cual fue distribuido hacia diferentes Centros de Diagnóstico Integral, donde la emergencia apenas comenzaba. Julio fue enviado al municipio de Baruta, junto a otro enfermero, un cirujano, una laboratorista y una estadística. Allí organizaron, casi desde cero, una nueva área de atención para recibir lesionados procedentes de otros territorios.

El terremoto les había arrebatado el lugar donde trabajaban, pero no el compromiso. Mientras millones de venezolanos intentaban comprender la magnitud del desastre, los profesionales cubanos volvieron a hacer lo que mejor saben: ponerse al lado de quien más lo necesita.

Las guardias continuaron. Las batas blancas siguieron recorriendo pasillos. Los equipos médicos permanecieron listos durante las 24 horas del día. Las réplicas seguían estremeciendo el suelo, pero ellos permanecían en sus puestos.

Julio junto al cirujano Pedro García Gómez, también de Sancti Spíritus, en Venezuela. Foto cortesía del entrevistado.

“Estamos aquí para aliviar un poco el dolor del pueblo venezolano”, agrega Julio con la serenidad de quien entiende que la solidaridad también puede convertirse en una forma de resistencia.

No era una frase aprendida. Era la consecuencia natural de una historia que comenzó mucho antes de aquel terremoto. Desde hace más de dos décadas, la colaboración médica cubana en Venezuela ha llevado asistencia sanitaria a comunidades donde, durante años, la atención especializada fue un privilegio.

Médicos, enfermeros, técnicos y especialistas han compartido epidemias, inundaciones, deslaves y largas jornadas asistenciales con un mismo propósito: cuidar vidas más allá de las fronteras.

Julio forma parte de esa historia colectiva. Pero estos días le regalaron otra lección: mientras Cuba enviaba profesionales para atender al pueblo hermano, fueron los propios venezolanos quienes terminaron cuidando de ellos.

“Nos han apoyado muchísimo”, repite una y otra vez. Habla de vecinos que llevaron alimentos, de personas preocupadas por la seguridad de los colaboradores y de muestras de afecto que aparecieron cuando todavía el miedo seguía instalado en cada réplica. “Nos cuidan. Nos ayudan con la logística. Estamos eternamente agradecidos”, explica el enfermero.

Los colaboradores cubanos en Venezuela seguirán junto al pueblo. Foto tomada de Facebook.

Las palabras salen despacio, como si necesitara encontrar el tono exacto para describir una gratitud que todavía no cabe completamente en el lenguaje. Quizá por eso insiste en hablar menos del terremoto y más de la gente. Porque cuando recuerda aquellos días no solo aparecen edificios agrietados; también manos tendidas, abrazos, miradas de alivio y una solidaridad que convirtió la tragedia en un esfuerzo compartido.

Sin embargo, hay imágenes imposibles de desalojar de la memoria. A veces regresan sin avisar: el sonido metálico de los calderos golpeándose, la puerta del refrigerador abriéndose sola… Todo permanece. Incluso ahora. Porque sobrevivir a dos terremotos no significa dejar de sentirlo, sino aprender a convivir con él.

Aquella tarde del 24 de junio la catástrofe puso a prueba la resistencia de miles de edificios en Venezuela. También el temple de un enfermero espirituano, quien, con el corazón estremecido, decidió permanecer firme en su vocación altruista.

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