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Blanquita, entre retazos y ternura

Blanquita, entre retazos y ternura

En el edificio Doce Plantas, de la ciudad de Sancti Spiritus, el eco metálico de una máquina de coser marca el ritmo de las tardes. Allí, entre montones de telas y colores, vive Blanca González Borges, “Blanquita” para todos, una mujer dulce que ama conversar y que ha hecho de los retazos de tela un universo de muñecas, payasos y animalitos de trapo.

La primera muñeca

“Confeccioné la primera muñeca cuando tenía aproximadamente 11 años y me gustó mucho”, recuerda. No la conserva, pero sí guarda la emoción de aquel instante. “Ahí empecé a hacerles a mis amiguitas también sus muñequitas y fue ese gusto tan grande por crear”.

Desde entonces, la costura se convirtió en un lenguaje propio, un modo de dialogar con la infancia y con la vida.

Puntadas de resiliencia

Aunque estudió Economía y trabajó en ese campo, nunca dejó de coser.

“No tuve el privilegio de tener niñas, las fui perfeccionando porque les hacía muñecas a las hijas de mis compañeras de trabajo y se las regalaba”, cuenta.

La pérdida de su esposo la llevó a retirarse de los encuentros del Fondo de Bienes Culturales, en la villa del Yayabo, pero en la intimidad de su hogar encontró refugio: “Fue algo que la naturaleza me dio… Creo que nací con ese don de crear”.

Más que muñecas

Blanquita no solo confecciona muñecas. “Hago también animalitos de distintos tipos”, dice con orgullo.

Sus manos transforman retazos en gatos, perros, pájaros y criaturas que parecen cobrar vida. Cada pieza lleva la ternura de quien crea con paciencia y amor.

Multipremiada en el mundo de la artesanía espirituana, participa cada año en el concurso “Mi muñeca y yo”, del Museo de Arte Colonial. Allí, además de mostrar sus creaciones, se convierte en jurado y premia a niñas y niños que presentan sus propios muñecos.

“Siempre tengo el don de ser la persona que premia a las niñas, sobre todo, pero también participan varones”, dice con una sonrisa.

Un legado pendiente

“¿Por qué no enseñar a las nuevas generaciones cómo confeccionar muñecos de trapo?”, le preguntan. Ella responde con sinceridad: “Eso es algo que hacía y es un proyecto que tengo como retenido, pero creo que sí, que lo voy a retomar”. En sus palabras late la certeza de que cada muñeca es más que tela: es memoria, cultura y esperanza.

La tarde cae sobre la ciudad y la luz se filtra por una ventana del Doce Plantas.

Blanquita, sentada frente a su máquina de coser, acaricia un retazo de tela antes de darle forma. Afuera, la ciudad se sumerge en la penumbra; adentro, un nuevo muñeco o un animalito de trapo comienza a nacer.

Ella sonríe, habla mientras cose, y en cada puntada revive la dulzura de su oficio. Porque en sus manos, los retazos se convierten en compañía, en ternura, en vida.

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