De la sangre de Niceto Pérez a la victoria de la Reforma Agraria
Cada 17 de mayo, Cuba celebra el Día del Campesino, una fecha clave en la historia de la nación, pues la lucha del hombre y la mujer del campo por acceder a la tierra y vivir con dignidad constituye una de las páginas más gloriosas de la Revolución.
Los orígenes de esta efeméride se remontan a dos momentos históricos que marcan, como luz y sombra, el camino del campesinado cubano. Por un lado, la noche de la tiranía: el asesinato, el 17 de mayo de 1946, del líder guantanamero Niceto Pérez García, un humilde guajiro que pagó con su vida la osadía de defender los derechos de los suyos ante los desmanes de los terratenientes. Por el otro, el amanecer de la justicia social: la firma, el mismo día de 1959, en la Comandancia de La Plata, en la Sierra Maestra, de la Primera Ley de Reforma Agraria por el Comandante en Jefe Fidel Castro.
Para comprender la magnitud de ese instante fundacional, es necesario retroceder a la Cuba neocolonial, un país de mayoría campesina sumida en el más cruel abandono. El 85 por ciento de los pequeños agricultores pagaban rentas abusivas y vivían bajo la perpetua amenaza del desalojo, mientras que un puñado de latifundistas acaparaba las mejores tierras.
La rebeldía campesina, sin embargo, nunca se extinguió. Durante las guerras de independencia, los mambises salieron de los campos, y ya en el siglo XX, organizaciones como la Asociación de Agricultores de la Isla de Cuba alzaron su voz contra la expansión latifundista, que entre 1915 y 1925 dejó a miles de familias sin hogar.
Esta tradición de lucha se nutrió en las serranías orientales durante la guerra revolucionaria. Los campesinos no solo sirvieron de guías y sostén logístico al Ejército Rebelde, sino que protagonizaron un hecho inédito: el Congreso Campesino en Armas, celebrado en Soledad de Mayarí Arriba, donde, en plena contienda, organizaron los primeros Comités Revolucionarios Campesinos para reclamar la tierra que por derecho les pertenecía.
El triunfo del 1 de enero de 1959 convirtió aquellas promesas de justicia en ley. La Primera Ley de Reforma Agraria estableció un máximo de 30 caballerías de tierra por persona y, con la creación del Instituto Nacional de Reforma Agraria, asestó un golpe mortal al latifundio. Tan solo dos años después, el 17 de mayo de 1961, durante el primer congreso de la naciente organización, se fundó la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP).
La Revolución no se detuvo ahí. El 3 de octubre de 1963, el gobierno revolucionario promulgó la Segunda Ley de Reforma Agraria, reduciendo el límite máximo de propiedad a cinco caballerías y eliminando los últimos vestigios de la burguesía rural.
Por eso, aquel 17 de mayo de 1946, la sangre de Niceto Pérez no fue en vano: se convirtió en la semilla de la liberación campesina. Esa efeméride no es solo un recuerdo, sino un hito que marca el origen transformador de la Revolución, la alianza indisoluble entre obreros y campesinos y la deuda de gratitud con quienes cultivan la tierra y sostienen la esencia más profunda de la nación cubana.
Fuentes: Periódico Escambray, Radio Sancti Spíritus, Periódico Trabajadores
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