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Cuando la vida entra en código rojo

Cuando la vida entra en código rojo El Hospital Provincial de Sancti Spíritus sostiene hoy cinco terapias activas. Foto Yosdany Morejón.

A las 3:17 a.m., cuando todo parecía en pausa dentro del Hospital General Provincial Camilo Cienfuegos, una camilla atravesó el pasillo sin margen para la duda: alguien llegaba peleando por la vida.

El paciente no hablaba. No podía. Llegó con el cuerpo vencido por un paro cardíaco y la piel teñida por esa palidez que, en medicina, anuncia fronteras peligrosas. Lo acompañaban dos enfermeras, un médico con el rostro tenso y una certeza compartida: cada segundo podía inclinar la balanza hacia la vida o hacia la muerte.

La escena no fue improvisada. En una terapia intensiva nada se deja al azar. Las manos se movieron con una precisión que no admite distracciones. Compresiones. Ventilación. Monitoreo. Una vía. Otra. Adrenalina.

La secuencia avanzó como una coreografía aprendida en años de guardias, noches y pérdidas. Nadie hablaba más de la cuenta. Nadie alzaba la voz. En esos momentos, el hospital entero se concentraba en una sola función: sostener un latido.

A los pocos minutos, el monitor, que hasta entonces había sido una superficie muda, devolvió una señal. Después otra. Luego una curva temblorosa, todavía insegura, pero viva. El paciente seguía grave. Muy grave. Sin embargo, había esperanza. Y en torno a esa recuperación provisional comenzaba a revelarse la verdadera dimensión de las terapias intensivas de Sancti Spíritus.

CINCO SALAS PARA SOSTENER LA URGENCIA

El hospital espirituano sostiene hoy cinco terapias activas, cada una con una función precisa dentro del circuito asistencial del paciente grave. No es un lujo. Es una necesidad. Y tampoco es un dato menor en un país donde las limitaciones materiales obligan a revisar cada jornada, cada recurso, cada decisión.

La doctora Malena Morena Campo, especialista de segundo grado en Terapia Intensiva y Emergencia y coordinadora de las terapias, lo explica con la serenidad de quien conoce el peso real de las palabras: “A pesar de las actuales limitaciones que enfrenta el país, nosotros jamás hemos pensado cerrar ni una sola de las terapias”, afirma. “Cada una cumple una función y atiende a un grupo de pacientes que requieren de sus cuidados”.

En su descripción, la arquitectura del servicio adquiere una lógica clara porque, según la evolución clínica, el enfermo puede ser derivado a intermedia, cardiología, neurología o intensiva. Cada espacio tiene un papel definido, una responsabilidad concreta y un equipo que responde por él.

La coordinadora insiste en que, aun con déficit de insumos y carencias de equipo, la asistencia no se ha interrumpido. “Hasta el momento tenemos lo necesario para poder atender al paciente”, dice.

La frase, sencilla en apariencia, contiene detrás un esfuerzo cotidiano que no se ve desde fuera. Porque sostener cinco terapias en funcionamiento no significa solo abrir puertas. Significa reorganizar turnos, redistribuir cargas, priorizar ingresos, improvisar soluciones y hacer del orden una herramienta de supervivencia.

Y, sobre todo, darlo todo por el paciente grave.

LA NOCHE COMO ESCENARIO CLÍNICO

Aun con déficit de insumos y carencias de equipo, la asistencia no se ha interrumpido. Foto Yosdany Morejón.

Si el día en un hospital ya es exigente, la noche en una terapia intensiva es complejísima. Allí el sueño se vuelve privilegio ajeno. Cada ingreso puede alterar por completo la dinámica de la sala. Cada alarma del monitor obliga a una respuesta inmediata. Cada cambio en la condición del paciente convierte la quietud en una ilusión.

Malena lo dice sin dramatismo, pero con la contundencia de quien vive así desde hace años: “El médico intensivista pasa noches de desvelo, porque los pacientes graves llegan en cualquier momento”.

No hay descanso pleno. Hay pausas breves entre un ingreso y un pase de visita. Hay medicaciones que no siempre están a mano y deben pedirse por urgencia. Hay sustituciones, equivalencias, ajustes. Hay una ética profesional que no concede tregua.

A veces, explica, los medicamentos disponibles no coinciden con los ideales. Entonces se recurre a alternativas similares hasta lograr el tratamiento más adecuado. O se gestiona por diferentes vías lo que falta, aun cuando el sistema esté tensionado por la escasez. “Se van cambiando estos por otros similares hasta que se logre tener realmente el que el paciente lleva”, precisa.

Detrás de esa respuesta hay una forma de entender el oficio: el paciente es el centro del universo.

EL PRECIO HUMANO DE SALVAR UNA VIDA

La medicina intensiva tiene una verdad incómoda: no siempre gana. Y cuando pierde, duele más porque ha peleado hasta el final. “Lo más difícil es ver morir a un paciente”, confiesa Malena.

No importa la edad. No importa si el enfermo es anciano, adulto o joven. La pérdida deja una marca. “Tan difícil es ver perder a un paciente joven como a un paciente mayor, porque tenemos familia y el cariño no lo podemos dividir por edades”, afirma.

Hay casos que arrastran un peso emocional todavía mayor: las maternas críticas. En ellas no solo está en juego una vida, sino dos: la madre y el niño. El criterio clínico se mezcla con una tensión afectiva comprensible. El equipo discute cada paso en colectivo, analiza, pondera, vuelve a revisar.

“Nos lleva a hacer un extra, dice la especialista. Es un momento muy delicado, concluye.

Ese —extra— no aparece en ningún manual. Es la suma de las horas adicionales, de la vigilancia prolongada, de la duda que obliga a revisar una decisión antes de ejecutar la siguiente, del compromiso de no rendirse ni siquiera cuando el pronóstico se estrecha.

En las terapias intensivas espirituanas, salvar una vida no es un acto aislado. Es una cadena de esfuerzos que empieza en la recepción del grave y termina —cuando termina— en el abrazo al paciente que vuelve a respirar por sí mismo o en la mano que acompaña a la familia cuando la historia no pudo tener otro desenlace.

LA SALA QUE LA POBLACIÓN MIRA CON TEMOR

A pesar de las actuales limitaciones que enfrenta el país, en Sancti Spíritus no se ha cerrado ni una sola de las terapias. Foto Yosdany Morejón.

La Unidad de Atención al Grave Polivalente (Terapia Intermedia) carga con una herencia difícil. Durante años, la población la ha asociado con la muerte, con la gravedad, con los casos “sin salida”. La doctora Yeily Cancio Aquino, especialista de primer grado en Terapia Intensiva y Emergencia y jefa de servicio de esa unidad, conoce bien ese imaginario.

“Es una sala donde dicen que siempre hay muchos fallecidos”, reconoce. “La población le tiene miedo”.

La percepción pública, sin embargo, no se corresponde estrictamente con la verdad. La unidad recibe tanto a pacientes con muy escasas posibilidades de recuperación como a otros con opciones reales de salir adelante. Es, en esencia, un espacio de cuidados progresivos para el grave que necesita vigilancia estrecha y una respuesta clínica compleja.

“Es la sala del hospital donde debe atenderse a los pacientes en estado crítico”, explica Yeily.

Lo que desde afuera puede parecer una sentencia, desde dentro es una oportunidad. Allí permanecen enfermos entubados, ventilados, en shock, con enfermedades invalidantes, incluso personas encamadas. Y de allí también salen pacientes recuperados que sorprenden hasta al propio equipo médico. “Pacientes que ni nosotros confiábamos en que realmente se iban a recuperar, salen adelante, dice.

La transformación de la mirada popular también ocurre a partir de esos resultados. Muchos familiares llegan con miedo y salen con gratitud. Algunos admiten que no querían entrar a la sala y luego salen recuperados.

EL ORGULLO DE REPRESENTAR UNA SALA COMPLEJA

Yeily Cancio Aquino es la jefa de servicio de la Unidad de Atención al Grave Polivalente (Terapia Intermedia). Foto Yosdany Morejón.

Para Yeily Cancio, dirigir la Unidad de Atención al Grave Polivalente ha sido un reto notable. No por la novedad, sino por la complejidad del servicio. Allí confluyen múltiples interconsultas, pacientes diversos y una carga asistencial que exige coordinación fina, criterio y capacidad de respuesta. “Es una sala muy compleja”, acota.

Además, afirma, el colectivo ha logrado resultados que fueron reconocidos en el último período evaluado. “Creo que tengo un colectivo muy valioso. Todos somos buenos compañeros, nos llevamos bien, contamos unos con otros y siempre llegamos a un acuerdo”, apunta.

En ese intercambio constante se juega buena parte del éxito. La discusión colectiva no es un obstáculo, sino una herramienta. Frente al paciente crítico, ningún criterio puede quedarse aislado. La decisión se construye entre varios, desde la experiencia compartida y la responsabilidad común.

La jefa de servicio no habla en primera persona sin incluir al equipo. Y esa es, tal vez, una de las claves de la unidad: nadie se salva solo.

VENEZUELA Y LA ESCUELA DE LA RESPONSABILIDAD

La trayectoria de Yeily pasó también por Venezuela, durante cuatro años y medio, en una experiencia que ella considera decisiva. Foto Yosdany Morejón.

La trayectoria de Yeily pasó también por Venezuela, durante cuatro años y medio, en una experiencia que ella considera decisiva. Formó parte de un grupo espirituano que integró el proyecto “Haciendo futuro”, iniciado en 2007, cuando apenas se abrían los Centros de Diagnóstico Integral (CDI) en aquel país. “Fue algo trascendental en nuestras vidas”, recuerda.

Lo fue porque llegaron con la formación académica reciente, pero todavía con poca práctica real en la atención directa del grave y allí tuvieron que asumirla de golpe. “No es lo mismo ser estudiante que ser ya el responsable de todo lo que está pasando”, explica.

Aquella experiencia tuvo el valor de una escuela intensiva dentro de la propia especialidad y los médicos jóvenes aprendieron en la primera línea de la urgencia lo que después consolidarían en Sancti Spíritus: responsabilidad, criterio, temple, humanidad.

“Estábamos solos en las terapias y lo teníamos que hacer todo”, afirma.

EPÍLOGO

En algún momento de la madrugada —no siempre a las 3:17 a.m., pero casi siempre cuando el cansancio parece imponerse— vuelve a sonar una alarma, vuelve a moverse una camilla, vuelve a activarse esa maquinaria humana que no admite pausas.

Entonces nadie piensa en estadísticas ni en carencias. Nadie se detiene en lo que falta. En las terapias intensivas del Hospital Provincial Camilo Cienfuegos, todo se reduce a una idea esencial: sostener la vida un segundo más.

A veces se logra. A veces no.

Pero incluso cuando no se logra queda la certeza de que allí hay un equipo que no negocia con la derrota. Que insiste. Que vuelve a intentar. Que se queda.

Porque en código rojo rendirse nunca es una opción.

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