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El oficio de comprender el dolor

El oficio de comprender el dolor Foto: Yosdany Morejón Ortega

La puerta del Servicio Provincial de Reumatología del Hospital General Provincial Camilo Cienfuegos, de Sancti Spíritus, no se abre nunca del todo. Entra y sale gente constantemente: pacientes jóvenes que caminan con dificultad, mujeres con las manos inflamadas, rostros cansados que cargan diagnósticos que no siempre tienen nombre.

En medio de ese ir y venir, la doctora Lianet Oria Pérez revisa historias clínicas, escucha con atención y pregunta más de lo que afirma. Lleva pocos meses en esa área, pero ya aprendió una de las lecciones esenciales: el dolor casi nunca se explica en una sola frase.

Graduada como especialista de primer grado en Reumatología, esta joven médica espirituana llegó a la especialidad movida por una inquietud poco común entre los estudiantes de Medicina: la curiosidad por las enfermedades raras, por aquellas que no se manifiestan de forma evidente y que suelen demorar tiempo en recibir un diagnóstico certero.

Durante los seis años de carrera, mientras muchos elegían los caminos más transitados, ella se detenía en los sistemas menos visibles: huesos, músculos, tejidos conectivos. Ahí donde el cuerpo parece sostenerse en silencio, pero también puede quebrarse sin previo aviso.

“Siempre me llamaron la atención las enfermedades menos frecuentes”, cuenta. “Y la Reumatología trata precisamente de eso: de patologías complejas, poco comunes, que afectan la anatomía profunda, pero también la vida diaria de las personas”. La decisión, dice ahora sin titubeos, fue acertada. No solo por afinidad científica, sino por el tipo de vínculo humano que establece con sus pacientes.

En el servicio se atienden personas de toda la provincia. Llegan jóvenes y adultos, aunque predominan quienes aún están en edad laboral, con hijos pequeños, responsabilidades familiares y proyectos interrumpidos por enfermedades altamente discapacitantes.

Para la doctora Lianet, cada consulta es un ejercicio de equilibrio: diagnosticar con rigor, tratar con cautela y, al mismo tiempo, ofrecer esperanza sin promesas vacías.

“Es muy reconfortante ver cómo, con el tratamiento adecuado, los pacientes van mejorando”, explica. “No se trata solo de aliviar el dolor, sino de devolverles, hasta cierto punto, la independencia: que puedan volver al trabajo, que recuperen funciones que habían perdido, que dejen de depender totalmente de otros”.

En ese proceso, el diagnóstico temprano —cuando es posible— marca la diferencia entre una vida limitada y una vida recuperable.

Foto: Yosdany Morejón Ortega

Su voz se vuelve más pausada cuando recuerda uno de los primeros casos que tuvo que asumir ya como reumatóloga. No fue el más difícil desde el punto de vista clínico, aclara, pero sí el más impactante por lo que significó en su formación profesional. Una paciente joven, remitida desde Hematología, con antecedentes de anemia hemolítica autoinmune y múltiples manifestaciones cutáneas y sistémicas. Hasta ese momento, nadie había logrado integrar todas las piezas del rompecabezas.

“Al examinarla y realizar los complementarios, cumplía todos los criterios para un lupus eritematoso sistémico”, relata. El diagnóstico no fue lo más complejo; lo verdaderamente desafiante vino después. La paciente tenía otras patologías de base que condicionaban el tratamiento. Cada decisión implicaba un riesgo. Cada medicamento debía ser cuidadosamente balanceado para no agravar lo que ya estaba comprometido.

“Fue chocante la primera consulta”, admite. “Venía con muchas manifestaciones clínicas y con una historia larga sin un diagnóstico definitivo”. Aun así, el tratamiento funcionó. La paciente mejoró y, hasta hoy, se mantiene estable. Para Lianet, ese primer caso marcó un antes y un después: no solo confirmó su elección profesional, sino que la enfrentó, de golpe, a la responsabilidad real de la especialidad.

Las enfermedades reumatológicas rara vez se diagnostican de forma rápida. Algunas tardan meses; otras, años. Los síntomas aparecen y desaparecen, se confunden con otras patologías, engañan incluso a los ojos más entrenados. Por eso, enfrentarse a un servicio que recibe pacientes de toda la provincia impone respeto, incluso a quienes llegan bien preparados.

“Cada paciente es diferente. Ninguno se parece a otro”. A eso se suma un factor común: la coexistencia de múltiples enfermedades. Tratar una patología reumatológica sin tener en cuenta el resto del organismo puede resultar tan dañino como no tratarla. De ahí la necesidad constante de estudio, autopreparación y aprendizaje continuo.

En ese punto, la doctora subraya la importancia de su formación previa como especialista en Medicina General Integral. Antes de llegar a la Reumatología, pasó por la Atención Primaria de Salud, donde atendió niños, adultos, ancianos y embarazadas. Esa experiencia, asegura, le dio una visión global del paciente que hoy resulta imprescindible.

“Ser médico de la familia te enseña a mirar al paciente como un todo”, afirma. “No te concentras solo en un órgano o un sistema. Aprendes a manejar varias enfermedades al mismo tiempo, a entender cómo una influye sobre la otra”. Esa mirada integral le permite ahora ajustar tratamientos, anticipar complicaciones y tomar decisiones más seguras en un terreno donde nada es lineal.

Pero más allá del conocimiento científico, la doctora Lianet insiste en un valor que considera irrenunciable en su especialidad: la humanidad. Los pacientes llegan preocupados, asustados, muchas veces con dolores que no se ven, pero que condicionan cada gesto cotidiano. Frente a ellos, el médico no puede limitarse a prescribir.

“Hay que ser sensible, ponerse en el lugar del paciente”, dice. “Dar tranquilidad, escuchar, entender que son enfermedades muy limitantes”. Busca la palabra exacta y finalmente la encuentra: empatía. Para ella, la empatía no es un concepto abstracto, sino una herramienta clínica tan importante como cualquier estudio complementario.

En el Servicio Provincial de Reumatología de Sancti Spíritus, la joven especialista continúa aprendiendo cada día. Lee, estudia, pregunta, observa. Sabe que la experiencia no se improvisa y que el respeto del paciente se gana con tiempo, coherencia y resultados. Mientras tanto, sigue escuchando historias de dolor silencioso y tratando de traducirlas en diagnósticos, tratamientos y alivio.

Tal vez por eso la puerta del servicio nunca se cierra del todo. Porque detrás de cada paciente que entra, hay una vida esperando ser comprendida. Y del otro lado, una doctora joven que decidió apostar por lo complejo, por lo poco común y por la certeza de que, incluso cuando no se puede curar, siempre se puede acompañar.

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