Donde arde la luz
Denise García Viera y Roberto Hernández Sánchez, ambos trabajadores de la Empresa Eléctrica Sancti Spíritus, unieron sus vidas hace ya 9 años. Fotos: Yosdany Morejón
Cada historia de amor tiene su escenario. Algunas comienzan en parques o universidades. Esta empezó en una guagua obrera, a la hora en que la madrugada todavía no ha decidido ceder ante el sol.
Denise García Viera llevaba entonces poco más de dos años en la Empresa Eléctrica Sancti Spíritus (EESS). Había entrado por el Centro de Atención Telefónica (1 88 88), esa trinchera invisible donde las quejas llegan sin rostro y las respuestas deben ser exactas. Allí aprendió a explicar interrupciones y a calmar inconformidades. “Estás expuesta a tantas dudas, a tantas interrogantes y tienes que dar respuestas con la mayor profesionalidad del mundo”, recuerda.
Roberto Hernández Sánchez, en cambio, pertenecía a ese otro territorio silencioso: el Despacho Provincial de Carga, el corazón mismo del sistema; el lugar donde se opera la red eléctrica como si se tratara de un organismo vivo, vulnerable y complejo. “Somos los héroes anónimos”, dice sin énfasis, casi como si pidiera permiso para la palabra.
Se miraron por primera vez en la guagua. Ella lo describe como un “diamante en bruto que nadie veía”. Él, más escueto, admite que era “algo inexplicable”. Denise hablaba mucho. Roberto, poco. Y en esa asimetría comenzó a encenderse una luz.

La vida en una empresa eléctrica no entiende de horarios fijos. Foto: Yosdany Morejón
DEL TELÉFONO A LAS LÍNEAS
El tránsito de Denise desde el centro de llamadas hasta la Dirección Técnica marcó un punto de inflexión en su vida profesional y personal. Bajo la conducción de Henry Rivero, entonces director técnico, comenzó a adentrarse en el universo de las redes eléctricas.
Pasó de escuchar interrupciones a comprenderlas. De explicar cortes a analizar monolíneas, estructuras, mantenimientos. “Yo era ajena a todo, pero me interesó tanto que terminé estudiando la Licenciatura en Electricidad”, cuenta. Se graduó el pasado año. No fue una decisión impulsiva, sino la consecuencia natural de convivir con personas que saben “de verdad” el valor de los megawatts.
Mientras tanto, Roberto continuaba su propio itinerario técnico. Del despacho pasó a especialista principal de subestaciones. Su responsabilidad actual no admite eufemismos: garantizar la estabilidad del sistema en toda la provincia. Transformadores inmensos, interruptores de potencia, protecciones. La infraestructura crítica que sostiene hospitales, hogares, industrias.
Ambos terminaron estudiando juntos en la universidad. Él aportaba el análisis, el razonamiento estructural. Ella asumía la exposición oral. “Él hacía la parte del cerebro y yo transmitía el conocimiento”, dice Denise, sin falsa modestia. Juntos estuvieron entre los mejores expedientes de su promoción.
No solo compartían la empresa; compartían el lenguaje técnico, la presión operativa, el peso de cada decisión.
JUNTOS Y REVUELTOS
Hoy Denise se desempeña como especialista de redes y sistemas en la Dirección Técnica. Roberto atiende las subestaciones desde el Centro de Operaciones. Sus funciones dialogan sin confundirse.
Ella rectora, planifica, garantiza recursos, sigue de cerca el cumplimiento de los mantenimientos. Él ejecuta, responde ante contingencias, opera equipos estratégicos. “Estamos juntos, pero no revueltos”, sintetiza ella.
En los pasillos comenzaron a llamarlo “el novio de Nice”. Después, “el esposo de Nice”. Todavía hoy, muchos lo identifican así. Roberto sonríe con discreción. No parece incomodarle. Hay en su silencio una forma de asentimiento.
Se casaron hace casi nueve años. “Sentenció con su firma”, bromea Denise. La frase, lejos de ironía, contiene complicidad.

La historia de Denise y Roberto no se escribe con tinta, sino con energía. Foto: Yosdany Morejón
CUANDO HAY QUE SALIR DE CASA
La vida en una empresa eléctrica no entiende de horarios fijos. Denise lo resume con precisión: “Sé a la hora que se va, pero no a la hora que regresa”.
En temporada ciclónica, la ecuación familiar se altera. Guardias prolongadas, movilizaciones a otras provincias, interrupciones que deben resolverse bajo lluvia o viento. Roberto recuerda su misión tras un ciclón en Pinar del Río que lo mantuvo mucho tiempo fuera, en labores de restablecimiento del servicio eléctrico. Lejos de su hija. Lejos de su esposa.
“Fue muy difícil”, admite. Pero el mandato era claro: restablecer el servicio.
En casa, Denise asumía la doble jornada. La profesional y la doméstica. La niña —María Evelyn, siete años— preguntaba por su padre. A veces se levantaba sin verlo. A veces se acostaba sin despedirse. “Papá no está haciendo nada malo, papá está trabajando”, le repetía la madre.
Esa comprensión no es automática. Es fruto del conocimiento técnico compartido. De entender que una manipulación en vía libre o una operación en subestación no admite distracciones. Que hay momentos en los que no se puede contestar un teléfono.
El sacrificio es alterno. A veces él cocina. A veces ella asume toda la casa. La organización familiar se adapta a las exigencias del sistema eléctrico provincial.
EL DEBATE QUE FORTALECE
En su hogar se habla de circuitos, mantenimientos, interrupciones y planes. “Hay veces que hablamos más del trabajo que de la casa”, confiesa Roberto.
Debaten lo ocurrido en la jornada. Analizan decisiones. Evalúan alternativas. La conversación técnica se convierte en extensión del vínculo. Esa complicidad profesional les ha permitido entender los silencios, las ausencias, las urgencias.
“Nos conocemos —asegura Denise—. Sabemos el objetivo por el que cada quien se levanta temprano”.
La complementariedad que comenzó en la universidad se trasladó al matrimonio. Ella desarma el silencio. Él equilibra el ímpetu. En la dinámica doméstica y laboral, la distribución de roles no es rígida: es estratégica.

Cada historia de amor tiene su escenario y algunas comienzan en parques, universidades o hasta en una guagua obrera. Foto: Yosdany Morejón
LA LUZ QUE PERMANECE
Hay una escena que resume su historia: Roberto sentado en el sillón, tras una jornada larga, dispuesto quizá a cenar en familia. Suena el deber. Debe regresar. Denise lo despide sin dramatismos. Sabe lo que implica una interrupción no resuelta.
El amor, en su caso, no se mide en flores ni en aniversarios fastuosos. Se mide en comprensión. En turnos nocturnos aceptados. En ciclones enfrentados con la certeza de que el otro entiende.
María Evelyn crece en un hogar donde la electricidad no es solo servicio público, sino metáfora cotidiana. Donde la estabilidad del sistema convive con la estabilidad emocional de una familia que ha aprendido a administrar tensiones.
“Sí, claro que quiero pasar el resto de mi vida con él”, afirma Denise, sin titubeos. Roberto no añade mucho. Su confirmación es más práctica: regresar, siempre que el deber lo permita, para abrazar a su familia, “el más grande tesoro que le vida me dio”, acota.
En una provincia donde, al igual que en el resto de Cuba, la electricidad es un asunto muy sensible, ellos la sostienen desde dos frentes: en las subestaciones y en la casa; en el despacho y en la mesa familiar.
Porque hay historias que no se escriben con tinta, sino con energía. Y esta, en Sancti Spíritus, sigue ardiendo con la intensidad del primer día.
EPÍLOGO. LA TEORÍA DEL PRIMER VIAJE
Dicen que el amor no avisa. Pero a veces se sube puntual a la guagua de las seis y diez de la mañana. Tal vez todo empezó antes de que ellos mismos lo supieran. En ese instante en que la ciudad todavía estaba medio apagada y los trabajadores de la Empresa Eléctrica abordaban el ómnibus con el sueño pegado a los párpados. Afuera, Sancti Spíritus era una silueta azulada; adentro, el murmullo de saludos cortos y termos de café abría el día.
Denise solía subir con paso ligero. Roberto ya estaba sentado casi siempre en el mismo lugar, cerca de la ventanilla, como quien prefiere observar el mundo antes que narrarlo. Él miraba la ciudad; ella la despertaba.
Puede que el primer cruce haya sido apenas un reflejo en el cristal. Ella, buscando asiento. Él, levantando la vista sin proponérselo. No hubo música ni revelación súbita. Solo una percepción distinta: algo que resaltaba en medio de la rutina.
Una mañana cualquiera, el chofer comentó alguna anécdota sobre apagones. Denise respondió con su vehemencia habitual. Roberto, desde el silencio, esbozó una sonrisa que apenas duró segundos. Fue suficiente. A veces el amor no necesita declaraciones, sino sincronía.
Quizá ella decidió romper la inercia. O tal vez fue él quien encontró el valor en una frase sencilla: “¿También vas para el despacho?”. Lo cierto es que, en algún punto entre una parada y otra, comenzaron a conversar. Primero, sobre trabajo. Después, sobre estudios. Más tarde, sobre metas.
Hay amores que se encienden como una chispa. El de ellos fue más parecido a una línea energizada que toma carga poco a poco, hasta que un día sostiene todo el circuito. Sin sobresaltos, con estabilidad.
Cuando descendían frente a la empresa, ya no eran solo dos trabajadores que coincidían en horario. Eran dos personas que empezaban a esperar el recuentro del próximo día. Y, desde entonces, cada amanecer tiene algo de aquel primer viaje.
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Noticia, Sancti Spíritus , EMPRESA ELÉCTRICA, Sancti Spíritus