Las primeras bibliotecas surgieron en las antiguas civilizaciones de Mesopotamia, donde templos y palacios almacenaban tablillas de arcilla para preservar registros administrativos, religiosos y literarios. Con el tiempo, estos archivos evolucionaron hacia colecciones más organizadas, como la Biblioteca de Ebla y, más tarde, la célebre Biblioteca de Asurbanipal en Nínive, considerada la primera biblioteca sistemática de la historia. Estas instituciones no eran públicas: funcionaban como centros de poder y conocimiento para escribas y gobernantes, pero sentaron las bases de la idea de la biblioteca como espacio de memoria, estudio y preservación cultural que luego florecería en Grecia, Roma y, finalmente, en la Biblioteca de Alejandría.