11-S: los 102 minutos que reconfiguraron el orden mundial
El 11 de septiembre de 2001, a las 8:46 de la mañana, hora local de Nueva York, un avión de American Airlines se estrelló contra la torre norte del World Trade Center. Dieciocho minutos después, una segunda aeronave impactó la torre sur. A las 9:37, un tercer vuelo golpeó el Pentágono. A las 10:03, un cuarto avión se precipitó en un campo de Pensilvania. A las 10:28, la torre norte colapsó, 102 minutos después del primer impacto.
En ese lapso, 2 977 personas perdieron la vida y más de 25 000 resultaron heridas; pero las consecuencias de aquellos minutos de pánico se extenderían por décadas y redefinirían la geopolítica global, las libertades civiles y la vida cotidiana de millones.
La respuesta de Washington fue inmediata y devastadora. La doctrina de la “Guerra contra el Terrorismo” sustituyó la contención tradicional por la acción preventiva unilateral, erosionó el multilateralismo y dio paso a invasiones como las de Afganistán (2001) e Irak (2003), que demandaron más de 6 billones de dólares sin consolidar la estabilidad regional.
Como señalan analistas, los atentados despertaron a Occidente del sueño de paz y prosperidad posterior a la Guerra Fría y derivaron en un declive de la hegemonía estadounidense, que coincidió con la pujanza de China y el escepticismo actual hacia el orden liberal internacional.

La prisión de Guantánamo, las torturas en Abu Ghraib y los centros clandestinos de la CIA se convirtieron en símbolos de una guerra que violó los valores que Estados Unidos decía defender.
Un cuarto de siglo después, continúan saliendo a la luz detalles de aquellas jornadas de incertidumbre. En el último año, documentos desclasificados por la ciudad de Nueva York revelaron que las autoridades ocultaron deliberadamente la toxicidad del aire en el área donde colapsaron las torres, conocidas como Zona Cero.
Más de 170 000 páginas de registros muestran que se encontró amianto prácticamente en todos los lugares examinados y que, pese a ello, se dijo a los socorristas y residentes que el aire era seguro.
El alcalde Zohran Mamdani confirmó que “más personas han muerto por enfermedades relacionadas con el 11-S que las 2 753 que perdieron la vida en los atentados”. Según el programa federal de seguimiento médico, más de 9 400 personas han fallecido posteriormente por afecciones vinculadas a la exposición a contaminantes.

A estas revelaciones se suman las crecientes evidencias sobre la presunta complicidad del gobierno saudí. Nuevos documentos obtenidos por familias de las víctimas apuntan a que funcionarios saudíes llegaron a Estados Unidos en 1998 para actuar como “equipo de avanzada” de los secuestradores. El FBI ha confirmado que revisa estos materiales, lo que podría reabrir una investigación sobre la responsabilidad estatal en los ataques.
A 25 años del desastre, el 11-S sigue siendo mucho más que una fecha en los calendarios. Aquel martes de septiembre, el país que se creía invulnerable por aire, mar y tierra sufrió la primera agresión en su territorio continental desde que en 1814 las tropas británicas incendiaron Washington.
En apenas 102 minutos, el mito de la fortaleza inexpugnable se desmoronó junto al acero y el hormigón de Manhattan. Pero por encima de las ruinas, de las guerras que siguieron y de las mentiras institucionales, están las víctimas: los miles de muertos, los cientos de miles que enfermaron por respirar un aire que sus autoridades sabían letal, los socorristas que dieron todo sin pedir nada, las familias que aún esperan verdad y justicia.

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