{"id":78225,"date":"2026-08-23T05:05:25","date_gmt":"2026-08-23T09:05:25","guid":{"rendered":"https:\/\/www.radiosanctispiritus.cu\/es\/?p=78225"},"modified":"2026-08-23T01:09:50","modified_gmt":"2026-08-23T05:09:50","slug":"carmen-y-su-viejo-sillon","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.radiosanctispiritus.cu\/es\/carmen-y-su-viejo-sillon\/","title":{"rendered":"Carmen y su viejo sill\u00f3n"},"content":{"rendered":"<p>A Carmen no hay quien le quite su sill\u00f3n. Es su trono en la vivienda espirituana de techo de madera. En cada balanceo, empujado por las puntas de sus pies casi sin tocar el piso, mira a la vida. Con 94 a\u00f1os, se dice, no hay mucho m\u00e1s que hacer. La huella de la cadera remendada y la nata blanca sobre su ojo izquierdo la sentaron a fuerza de familia, m\u00e1s que por la suya propia. Todav\u00eda, asegura, siente los br\u00edos para tirar la casa por la ventana.<\/p>\n<p>Por eso, tantas veces refunfu\u00f1\u00f3 al escuchar a la nieta quejarse por limpiar. Carmen, con solo 12 a\u00f1os, junto a su madre lavaba y planchaba por quilos. Poco tiempo le dur\u00f3 el placer de sentarse a la luz del quinqu\u00e9 para poner trazos en la libreta. Se lo cont\u00f3 m\u00e1s de una vez a la joven de pelo crespo y sonrisa estridente. Pero, hoy hace silencio.<\/p>\n<p>L\u00eddice abri\u00f3 sus alas en 2024. Vol\u00f3 tan lejos que atraves\u00f3 medio continente hasta que, despu\u00e9s de mucho andar, plant\u00f3 bandera en los Estados Unidos. Desde entonces, no se ven. Carmen no entiende que es un formulario I-220A. Solo sabe que, tanto a ella como a su hija Magaly y bisnieta Roc\u00edo, le hacen falta sus abrazos.<\/p>\n<p>Y en esa ausencia, aprovecha para apretar con las fuerzas a la peque\u00f1a de cinco a\u00f1os. Le habla del palmar que rodeaba su casita de tabla, cerca del r\u00edo Jatibonico. De lo necesario que es aprender en la escuela para ser alguien en la vida. De tener buenos amigos. De aprovechar todas las oportunidades.<\/p>\n<p>A ella les llegaron un poco tard\u00edas, insiste. Rozaba casi las tres primeras d\u00e9cadas de vida cuando oy\u00f3 hablar de puertas abiertas para estudiar, tener un oficio, de una organizaci\u00f3n femenina que insist\u00eda que fuera de las casas hab\u00eda demasiado mundo por descubrir.<\/p>\n<p>Con Magaly pegada a la saya, hall\u00f3 c\u00f3mo se corta una tela y se juntan las piezas. Llev\u00f3 el plato a la mesa, gracias al arte de torcer tabaco con el de coser y bordar. En el pecho no le cab\u00eda el orgullo al colgar encima de su m\u00e1quina el t\u00edtulo del curso de corte y confecci\u00f3n Ana Betancourt.<\/p>\n<p>Agradece cada oportunidad. De cerca experiment\u00f3 c\u00f3mo, poco a poco, las mujeres se convirtieron en protagonistas. Alaba, tanto, la creaci\u00f3n de los c\u00edrculos infantiles y, sobre todo, que al campo llegaron las mismas opciones para superarse que en la ciudad.<\/p>\n<p>De ah\u00ed que las cosas fueron diferentes con Magaly, su \u00fanica hija. La ense\u00f1\u00f3 a no temerle a nada. Ni tan siquiera escuch\u00f3 a la muchachita quejarse en los 21 d\u00edas de escuela al campo. Mucho menos cuando se fue becada al tecnol\u00f3gico en Villa Clara.<\/p>\n<p>Regres\u00f3 una mujer hecha y derecha. Alternaba sus intensas jornadas como t\u00e9cnica en Agronom\u00eda con las muchas actividades de la Uni\u00f3n de J\u00f3venes Comunistas, (UJC). Movilizaciones para cortar ca\u00f1a, sembrar yuca, los domingos de preparaci\u00f3n para la defensa, estirar su brazo para donar sangre, bailar como la primera en la fiesta de los Comit\u00e9 de Defensa de la Revoluci\u00f3n, (CDR) y la Federaci\u00f3n de Mujeres Cubanas, (FMC)\u2026 No paraba y Carmen, feliz.<\/p>\n<p>El ritmo baj\u00f3 con la llegada de L\u00eddice. Sopes\u00f3 la sobrecarga por el cuidado de la peque\u00f1a enfermiza, el hogar y las responsabilidades laborales. Sufr\u00eda con las miradas de reojo del jefe por sus ausencias o llegadas tarde. Poco a poco, cedi\u00f3 terreno para evitar rega\u00f1os. El divorcio le puso la tapa al pomo. Magaly cerr\u00f3 su mundo para acompa\u00f1ar a crecer a su hija y ganar sustento econ\u00f3mico. Carmen tampoco sabe de machismo, pero s\u00ed que, aunque se ha cambiado mucho, todav\u00eda predominan las voces masculinas.<\/p>\n<p>Por suerte, L\u00eddice cumpli\u00f3 el sue\u00f1o de las dos mujeres que le anteceden en su \u00e1rbol geneal\u00f3gico. Se hizo Licenciada en Maestro primario. Ense\u00f1\u00f3 a leer y escribir a un grupo de 25 ni\u00f1os. Los condujo hasta su cuarto grado.<\/p>\n<p>Asalt\u00f3 la COVID-19 y todo cambi\u00f3. La lejan\u00eda del aula, el embarazo, las torceduras del contexto. Un d\u00eda se levant\u00f3 con una mochila en la espalda. Abri\u00f3 la puerta, despu\u00e9s de dar besos y abrazos que solo alcanzaron para decir cu\u00eddate mucho, te amamos.<\/p>\n<p>Desde entonces, Magaly asume la crianza de Roc\u00edo y los cuidados de Carmen. Se bate en la cola de la farmacia por los medicamentos para controlar su presi\u00f3n arterial y la de su madre. Anda casi todo Sancti Sp\u00edritus para si ocurre el milagro de pagar en l\u00ednea. Tiene un verdadero doctorado en encender r\u00e1pido el carb\u00f3n y, canta cuando da pu\u00f1o en la misma batea donde le lavaron sus pa\u00f1ales hace m\u00e1s de siete d\u00e9cadas. Duerme poco porque precisa estar alerta por si llega de pronto la corriente el\u00e9ctrica. Hace malabares para alargar la chequera de ella y su progenitora y las pocas ayudas enviadas por L\u00eddice, quien mantiene dos trabajos.<\/p>\n<p>De reojo, desde su rinc\u00f3n Carmen no le pierde ni pie ni pisada. Las madres jam\u00e1s lo dejan de hacer, confiesa. La nostalgia la sorprende de vez en vez. Quiere aliviar las manos de su hija, no perderse el abrazo por el regreso de su nieta y apapachar mucho m\u00e1s a su bisnieta. Teme que la vida siga r\u00e1pido, mientras se reencuentra con ella en cada balanceo en su viejo sill\u00f3n.<br \/>\n<iframe src=\"https:\/\/www.ivoox.com\/player_ej_179312539_6_1.html?c1=84140c\" width=\"100%\" height=\"200\" frameborder=\"0\" scrolling=\"no\" allowfullscreen=\"allowfullscreen\"><\/iframe><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>A Carmen no hay quien le quite su sill\u00f3n. Es su trono en la vivienda espirituana de techo de madera. En cada balanceo, empujado por las puntas de sus pies casi sin tocar el piso, mira a la vida. 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