COVID-19 en Sancti Spíritus: El fin, ¿en manos de quién?


Foto: Internet.

En una etapa aún crítica del rebrote de la COVID-19 en Sancti Spíritus, por momentos, han concomitado en la ciudadanía la abulia con el exceso de confianza, la indisciplina social con la tolerancia, la impaciencia con el descuido.

En términos epidemiológicos, la coexistencia de estos males ha sido fatal, tanto que la provincia continúa entre los territorios con mayor número de nuevos casos confirmados en el país y, por consiguiente, hoy exhibe una tasa de incidencia de 35 por cada 100 mil habitantes, la más elevada de Cuba.

Y es que, a un mes y medio del rebrote, el SARS-CoV-2 ha probado tener piel de camaleón y aprovecharse del menor resquicio para dar el zarpazo. Ya la dispersión del virus alcanza a los ocho municipios espirituanos y suma más de 340 contagiados desde el inicio de la segunda oleada del nuevo coronavirus, cifra que va camino a quintuplicar el número de infectados en la primera etapa de la pandemia.

Las matemáticas de la COVID-19, sobre todo en la cabecera provincial, han removido los cimientos de la ciudad espirituana. Desde el 8 de septiembre hasta la fecha,más de 200 personas han enfermado, y la cadena de contactos sigue acordonando las zonas centro, sur y norte de la Villa y ha llegado a irradiar, incluso, a municipios como Trinidad y Yaguajay.

Tanto amasijo de números, de vidas en una balanza, debía interesar a los “mal portados”, a los más de mil ciudadanos que desde inicio del mes de octubre han sido multados por no usar el nasobuco o usarlo de forma inadecuada; a los vecinos que arman una fiesta en tus narices y propagan hasta la desidia.

¡Qué ironía! Días de 29, 23 y hasta 37 casos confirmados, y la gente hecha un nudo en las colas;otras tan relajadas que han jugado dominó en las esquinas, jóvenes reunidos en tertulias virtuales; pero físicamente uno casi encima del otro, niños “a la buena de Dios” jugando bolas o patinando en una que otra calle. 

De todo ha habido en la viña del señor: música alta y bebida de por medio; carros metiendo cabeza para entrar a la ciudad, a pesar de las prohibiciones. Máquinas que, hasta hace poco, viajaban con todas las capacidades llenas; a fin de cuentas, importaba más engordar el bolsillo que llevar sobreruedas al asintomático pegado casi nariz con nariz con el viajero sano.

Sucede que hasta los egoístas tienen la obligatoriedad de salvarse y salvar al otro. El Código Penal cubano vigente es diáfano en este sentido, y dispone sanciones que van desde tres meses hasta un año de privación de libertad por la modalidad básica del delito de propagación de epidemia.

En este escenario, en octubre se han aplicado más de 2 mil 100 multas al amparo del Decreto-Ley 141. De las 62 denuncias radicadas por el delito de propagación de epidemia, la mayoría, 38 se dilucidarán en los Tribunales, y las otras recibieron tratamiento administrativo; o sea, los infractores deben pagar multas ascendentes a 3 000 pesos.

El milagro del fin, sin embargo, no se hará solo con la cantidad de multas impuestas, de estudios de PCR, de zonas en cuarentena, de agentes del orden público organizando a las personas en las colas como a escolares indisciplinados.

El milagro del fin lo harán la autorresponsabilidad, la consideración a los han dado pruebas inéditas de heroísmo, a los que literalmente, se arriesgan por salvar al resto, a los que llevan el pan a la puerta de su casa en días de cuarentena.

El milagro del fin lo hará el respeto a los que hasta este minuto han hecho mucho y no se les ha escuchado ni la más mínima queja.


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