Villa Soberón: Martí quedó como símbolo de la resistencia


José Villa Soberón, Premio Nacional de Artes Plásticas (2008)

Con creaciones desgranadas en América, Europa y África, el Premio Nacional de Artes Plásticas (2008), José Villa Soberón, concibió la escultura a José Martí emplazada en los jardines de la Embajada de Cuba en Washington D. C. y también agredida durante el acto terrorista perpetrado por Alexander Alazo, de origen cubano, el pasado 30 de abril; noticia que ha seguido el reconocido artista.

En diálogo con este reportero, Villa Soberón sostuvo que el proyecto de dicha obra nació a instancias de Cabañas, cuando la Sección de Intereses de la Mayor de las Antillas en Washington D. C. devino embajada, al restablecerse oficialmente las relaciones diplomáticas entre ambas naciones el 20 de julio de 2015.

“Cuando de Washington me pidieron una obra, utilicé el modelo original de una escultura que había hecho para Santiago de Chile; le hicimos transformaciones para que fuera más funcional en el emplazamiento en la embajada”, apunta Villa.

¿Qué referente fotográfico le sirvió de partida para realizar la escultura de la capital estadounidense?

Al menos hay dos o tres fotos en las que Martí aparece posando con las manos detrás, por ejemplo, la de Jamaica (octubre de 1892) y otra con uno de sus amigos (Fermín Valdés Domínguez, mayo de 1894 en Cayo Hueso). Ese gesto de tener las manos detrás no puedo especular que haya sido natural y común en él; pero siempre me ha resultado atractivo. Por eso me pareció una imagen potente, que podía expresar su personalidad. Martí era un hombre con mucho control; sin embargo, con pasión.

José Villa Soberón, concibió la escultura a José Martí emplazada en los jardines de la Embajada de Cuba en Washington D. C.

Ud. sitúa a Martí en un momento histórico complejo: la organización de la Guerra Necesaria. ¿Qué rasgos de su personalidad optó por resaltar a partir de ese contexto?

Siempre me ha dado la impresión de que Martí no solo fue una persona brillante, culta, sensible; debió ser, un hombre contenido, no de acciones impulsivas, a pesar de lo difícil y la cantidad de contradicciones que tuvo que enfrentar en ese momento de su vida. Son apreciaciones, visiones que puede tener uno como artista a la hora de hacer una escultura. No soy un especialista, un estudioso de Martí; pero lo he sentido así.

Más allá del daño físico a la escultura en el ataque a la embajada, ¿cómo interpreta, desde lo simbólico, este acto contra el Maestro?

Casi siempre cuando el odio se desencadena incontrolablemente, no sé por qué razón una de las primeras agresiones se hace contra las esculturas públicas, los símbolos. En los momentos turbios vimos muchas veces cómo se agredieron las de Lenin, cómo se han agredido en diferentes partes del mundo esculturas por ser símbolo de una ideología, de una nación.

Recientemente vimos cómo fue agredido Martí (la profanación de bustos en enero pasado en La Habana), el símbolo de la nación cubana. Muchos años atrás, cuando estaba en España vi un cartel en el monumento que dedicamos a Martí que decía: “puta España que le hace monumento a los cubanos”.

No creo que en esta ocasión la escultura haya sido el objeto de la agresión; el símbolo que agredieron fue la fachada de la embajada, pero simbólicamente Martí estaba ahí también. Sin embargo, no se transformó, quedó como un símbolo claro, evidente de la resistencia. El odio siempre es así contra todos los símbolos.

¿Hasta qué punto este acto terrorista ha sido alentado por la política hostil, de odio, del Gobierno de EE. UU. contra Cuba?

No me cabe la menor duda de que el odio ha promovido una actitud así; el odio siempre ha sido el combustible para este tipo de agresiones. Leí recientemente que ahora dicen que era un loco, un desequilibrado. La verdad es que no me lo creo mucho, porque si le hubiera tirado a la Casa Blanca no hubiera sido un loco, un desequilibrado.

Usted cuenta con varias esculturas dedicadas a Martí, entre estas Preso 113, ¿continúa siendo esta obra la más difícil que ha concebido, como expresó cierta vez?

Sí, primeramente, por esa historia compleja que implicaba hacer una escultura a un adolescente, que pudiera tener esa carga de sentimiento, de profundidad, para entender la realidad que lo rodeaba. Era también más difícil Preso 113 porque la foto que hace referencia a ese momento, no se parece a Martí. Si él no se la hubiera dedicado de puño y letra a su madre, yo nunca hubiera creído que fuera Martí. Por eso era complejo hacer un Martí que la gente lo identificara con él; un Martí joven, sin bigote, era un reto.

Verdaderamente, me cuesta trabajo encontrar el parecido, y lo más parecido que hallé en esa escultura en particular fue el de los ojos; era lo único que podía encontrar como una referencia para que esa fuera la imagen del adolescente, del hombre que fue después Martí.

¿Cómo logró que El Maestro y su discípulo, expuesta en el colegio de Martí, y tantas otras obras dedicadas a él transpiren emotividad, conmuevan? ¿A qué recurso apela?

Al trabajo. Esas obras, por lo regular, no salen fácilmente; en ese caso trabajé con Gabriel. El trabajo del escultor es extremadamente lento, porque nunca sale la primera vez; por lo menos, a nosotros. En El Maestro y su discípulo tuvimos que batallar durante largos meses, repitiendo, repitiendo, hasta que encontramos la expresión que uno quiere conseguir en la obra y decimos: esa es. Así pasa siempre.


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