COVID-19: La grandeza de Marleni


Marleni labora en la zona roja de la pandemia.

Cuando la doctora Marleni Machado Hernández le anunció a su familia cabaiguanense que integraría el equipo encargado de asistir a los pacientes positivos a la COVID-19 en el Hospital Provincial de Rehabilitación Doctor Faustino Pérez, la preocupación se espabiló, lógicamente; aunque ningún familiar trató de convencerla de lo contrario, pese a lo riesgoso de la misión.

De sus padres, esta especialista en Medicina Interna aprendió que ni zarzas ni guijarros debían distraerla del itinerario profesional y de la vida, en cuyo horizonte nunca ha estado ausente su mamá Miriam, maestra de primaria, directora y metodóloga de larga data en Cabaiguán. “Vivo orgullosa de mi mamá; es una persona muy estricta, pero muy justa. Me enseñó a servir, a ser útil”, y cuando lo confiesa, la voz le ondea quizás por alguna evocación.

Porque los hijos son el ancla que ata a la madre a la vida, como lo alegaba Sófocles, hoy Marleni Machado tiene el pensamiento en dos geografías distantes: en Estados Unidos y en su José Carlos; en Cabaiguán y en su Stephany, quien, en su sueño de ser doctora, dedica los días a prepararse para vencer las pruebas de ingreso a la Educación Superior.

“Me he convertido en su repasadora de Historia y mi hermana, profesora de Inglés, en la de Español y Matemática. Estamos arriba de ella constantemente, que, adolescente al fin, cree que tiene tiempo. Mientras más estudie, menos preocupación para nosotros y, claro, para ella”.

—¿Usted es muy estricta con Stephany?

“No, porque a veces la gente me dice: ‘Te tiene cogida la baja’. Soy bastante tolerante con mis hijos, pero no de permitirles que actúen incorrectamente. Digo tolerante en el sentido de admitirle a Stephany que no me ayude tanto en la casa; sin embargo, sí le exijo que estudie, su prioridad ahora”, reflexiona la doctora como si conversara con un amigo de antaño, y se lo agradezco.

—¿Y en el caso de su hijo?

“Aunque está con su padre, lejos de mí, mantenemos contacto constantemente. De hecho, no lo tengo debajo de la saya, como uno dice; pero sí le exijo que se proteja, se cuide mucho por la pandemia, y para que se desarrolle allá lo mejor que pueda”.

Esta madre, quien intenta sobrellevar la distancia y trabajadora habitual del Hospital Provincial Camilo Cienfuegos, conoce que muchos sitios de este mundo no son la postal turística, ofertada por agencias de viajes; lo verificó en su misión médica en Bolivia de 2012 a 2016, en los departamentos de Pando y Tarija. “Doctorita, se lo dejo a su cuidado”, le decían los familiares del paciente ingresados, al verse obligados a ir a trabajar.

En aquellas tierras, atendió por primera vez un aquejado de hematidrosis (la sangre le rezumaba por la frente, ombligo, ojos). Allí tuvo que evadir a los insistentes periodistas, interesados más en la noticia sensacional, que en el estado del paciente.

Ahora, Marleni dialoga con otro reportero, próxima a su guardia médica; allí estará enfunda en su traje de protección, consciente de que la grandeza de salvar vidas también cabe en un ala de colibrí, de la que habló José Martí.


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