La Habana, tornado, recuperación

Las labores de recuperación no se detienen en las áreas afectadas por el tornado.

Poco a poco la capital se sacude de sus traumas y enseña los impactos del otro tornado: el del trabajo, la recuperación y la solidaridad.

La Habana desgarra y reconforta en sus imágenes, unas las dantescas de la destrucción, otras, las impetuosas de la restauración que enseñan lo mejor de Cuba en momentos como estos.

No puede ser diferente. No resulta fácil superar de un golpe el impacto de la catástrofe. Vivió La Habana en apenas 16 minutos, la fuerza destructora como de un ciclón categoría cinco que con vientos que superaron en algunos lugares los 300 kilómetros por hora, destruyó placas, edificios, torció hierros a lo largo de unos 20 kilómetros.

Solo que nadie puede predecir un tornado de tal tamaño que llega de golpe en medio de la noche, ni mucho menos prepararse como ocurre en un huracán. Calcular permite asimilar, solo en parte, el tamaño del drama de miles y miles de personas, que por otra parte, no se detuvieron en los llantos lógicos que un desastre como este supone. Con la ayuda del prójimo La Habana comenzó a levantarse apenas terminó el paso del tornado

Por eso, conmueve el concierto de manos y voces que Cuba volteó hacia las calles habaneras, ya para recoger escombros, para traer la luz o levantar un techo. Mucho más para sembrar la esperanza hasta en las almas más raídas.

Y a esta hora importa lo mismo el aporte de un artista famoso o de un deportista consagrado que la del más humilde cubano que parte en dos el pedazo de pan o una taza de café, que quizás ni le sobre o se quita una muda de ropas que no tiene de más y hasta un par de pesos de su menguado bolsillo.

Por eso no extraña que, más allá de la oficialidad que busca organizar las ayudas, se desborde la solidaridad individual y colectiva de quienes se desprenden de lo propio para hacerlo llegar a los más necesitados.

Y esa esa es la Cuba que queda en medio de tanto dolor. La Cuba que se levanta con los suyos, aunque sea con una llamada de lejos, una mano en el hombro o en el ajetreo del trabajo con esa mirada hacia delante más que hacia atrás. La Cuba que le abre las puertas al vecino, aunque no sobren justamente los espacios internos.

Por eso molesta quienes andan a la caza de los deslices, lógicos en medio de tanta destrucción, por encima del altruismo de un pueblo que no necesita de demasiadas convocatorias para acudir espontáneo allí donde el dolor y el trabajo llaman.

Reconfortan los jóvenes con su aliento y su fuerza y los menos jóvenes con su empuje y esperanza. En medio de tanta destrucción, se sabe que no todos los amparos llegarán al mismo tiempo, por eso reconforta el aliento de saber que poco a poco La Habana se levanta, casi una semana después de vivir una noche de horror, que puso dejar más víctimas de no ser por las maneras en que cada quien buscó para sobrevivir y también por el auxilio que llegó del lado más cercano, aunque se vieran por primera vez.

La Habana se desgarra en historias. Desde los bomberos que arrullaron en sus brazos aquellos recién nacidos de un hospital destrozado en medio de la noche hasta aquel que aún herido, socorre a quien está peor.

Unas quedan impregnadas en la magia de la imagen o en el hervidero de las redes, otras no saldrán del anonimato.  Mas todas quedarán impregnadas en el imaginario colectivo de la solidaridad que hoy tiene voz y manos propias.

Artículo publicado en: La columna, Sugerencia