Pareciera que el tiempo permanece impávido como hace dos años, cuando na noticia paralizó la noche: ha muerto Fidel Castro Cruz, dijo entonces su presidente y hermano Raúl, y fue suficiente para que el momento se eternizara en Cuba y buena parte del planeta.

Un grito colectivo siguió a una pausa luctuosa que atragantó al país por horas y días. Y desde entonces, el hombre que ya había marcado los hitos de la eternidad, enraizó su leyenda para no partir jamás.

Al poco tiempo, y en medio de las despedidas que aún no acaban, una frase nació en la espontaneidad del dolor colectivo sin saber que nos conminaba al mayor de los desafíos posibles. Yo soy Fidel, se escuchó en la plaza de la Revolución y traspasó para bien sus confines geográficos y temporales.

Desde entonces se apoderó de vallas y carteles, discursos y emblemas en alusión al compromiso de fidelidad que quiere eternizar su legado e ideas.

Mas, al margen de que como apuntara el propio Raúl, Fidel es único y es por tanto irrepetible, asumir como propia la frase nos sitúa en una encrucijada a la hora en que nos corresponde medir cada uno de nuestros actos para tratar de situarlos a la altura de la estatura histórica de un hombre que atrajo para sí el respeto de amigos y enemigos también.

Y es ahí donde comienza el verdadero desafío ¿Hasta dónde nos cuestionamos cada día si somos merecedores o no de la frase Yo soy Fidel? ¿Hasta dónde somos conscientes de que no puede ser un slogan dicho en cualquier circunstancia? ¿De qué manera mi actitud con P y con C puede refrendar o contradecir más que una frase un sentido de la vida?

Sí porque al ser contemporáneo con la mayoría de los cubanos a Fidel se le sabe de memoria, no solo por la épica de fundar una Revolución irrepetible y de esparcir su sabia por el planeta. Se le sabe en su altruismo, su humildad, su gallardía, pero sobre todo en ese actuar de ser el ejemplo con acciones concretas que hacen al hombre un ser humano en todas las dimensiones y con un corazón del tamaño del mundo y para quien los humildes tenían un sitio espacial.

Resulta entonces, cuando menos penoso, saber que entre quienes un día asumimos la frase y mucho más firmamos el juramento de fidelidad al concepto Revolución unas horas después de su deceso, existen y por miles quienes no son consecuentes con ese acto.

Los ejemplos sobrarían en nuestro derredor desde los indolentes, los mentirosos, los flojos, los insensibles, los cobardes o los impíos, los vagos

De lo que se trata es de hacernos todos los días esa disección moral de hasta dónde somos merecedores de enarbolar una frase que entraña más que todo un compromiso consigo mismo y con el prójimo y con la sociedad toda.

No basta con repetir a toda hora Yo soy Fidel si no se siente desde el alma de cubanos, estemos donde estemos. No basta con asumirla como slogan sin entenderla y mucho peor, ni honrarla.

Es el desafío constante que nos acompaña desde hace dos años en que Fidel llevó su físico convertido en restos hasta Ifigenia, pero quedó él mismo esparcido en mito, leyenda, ejemplo, vida.

Por más que queramos no se puede clonar a un hombre irrepetible, ni mucho menos multiplicarlo en millones. Por eso basta la menos intentarlo en cada actuar y así quizás estemos cada vez más cerca de la frase, que es como decir más cerca de Fidel.

De regalo para reflexionar, pido prestadas las palabras de Eusebio Leal, uno de los mayores intelectuales de Cuba y amigo personal del Comandante en Jefe: “El mejor regalo a Fidel es cumplir todos los días, que no haya reposo, que no haya un solo momento de reposo mientras exista una injusticia que reparar en este país o en cualquier lugar del mundo; mientas tengamos una lágrima que enjugar, un pan que llevar, uno al cual adelantar en el camino. En ese camino y en esa posición es como único admito la idea que se repite: Yo soy Fidel”.

 

Artículo publicado en: La columna