Cuarenta y dos años y el dolor sigue presente. Ha pasado mucho tiempo, pero este 6 de octubre millones de cubanos amaneceremos con el pecho apretado. En nuestras gargantas un nudo hace mella.  El terrorismo trunca la vida de 73 personas, en un acto criminal que será por los siglos una herida a prueba de cicatrices en el corazón mismo de la Patria.

El transcurrir de los años no ha borrado las imágenes del dolor multiplicado entre millones de cubanos; tampoco ha disminuido ni un ápice el odio hacia quienes sacrificaron en la flor de su juventud a aquellos esgrimistas campeones.

Hoy, nuevamente rememoro el acto terrorista, y escribo con orgullo sobre los Mártires de Barbados. Y hablo de su hidalguía, porque defendieron a nuestra Patria con honor. Con su intrepidez, esas esperanzas olímpicas ganaron las  medallas de oro en disputa y por cuarta ocasión consecutiva fueron Campeones Centroamericanos y del Caribe de Esgrima.

La justicia es un bien preciado al que nunca renunciaremos los cubanos. La Patria llora aún de rabia por la pérdida de sus hijos. Y con el mismo espíritu que acompañó a Doña Mariana Grajales, nos empinamos con irreductible bravura para sentar en el banquillo de los acusados a los criminales.

Desde San Antonio a Maisí, en  todos y cada uno de los rincones del Verde Caimán se hace más fuerte la virilidad de un pueblo dispuesto a luchar hasta las últimas consecuencias.  Aquel capítulo inolvidable de nuestra cubanía, sigue presente como un llamado al combate para hacer añicos la desidia de los inmorales.

Los autores intelectuales y materiales del Crimen de Barbados están plenamente identificados. Ellos no sólo aceptan su culpabilidad, sino que se jactan de ella y se ufanan de su felonía. No existe la más mínima duda o resquicio en la convicción de que son culpables, tampoco de que tras este acto terrorista cometieron muchos más y, sin embargo, nunca fueron juzgados, justamente en una nación que invade países y viola sus propias leyes y el orden jurídico internacional, en nombre del antiterrorismo.

Nadie puede alegar que son cosas del pasado. Los delitos de lesa humanidad NO prescriben, nunca cesa la obligación de perseguirlos en cualquier momento o lugar del planeta.

Han pasado 42 años, pero la condena por el crimen de Barbados, seguirá siempre  viva.  Todavía hoy guardamos silencio para quienes esperan justicia en el fondo del mar, pero la portentosa voz que nos acompaña no cesa de vibrar.

Ese es nuestro compromiso con las causas justas de la Humanidad, porque de ellas se levantará la luz de la victoria. Nunca nadie en este mundo podrá callar el fuego eterno de nuestros corazones. Para eso nacimos, para eso vivimos.

La mano que abrió las puertas del dolor el 6 de octubre de 1976, fue la misma que derribó las Torres Gemelasel 11 de septiembre de 2001 porque el terrorismo, es como los cuervos, gusta de sacar los ojos a quienes lo alimentan.

Artículo publicado en: La columna