Donald-Trump-580x326De tanto repetir la falaz historia, quienes al final podrían quedarse sordos serán los propios voceros y funcionarios del Departamento de Estado, de Estados Unidos.  Dicho organismo anunció en fecha reciente el caso número 26 entre sus diplomáticos de La Habana, víctima de supuestos ataques sónicos, con repercusión en la salud de esos ciudadanos norteamericanos.

Habilidoso y curtido en campañas de desinformación, el Gobierno estadounidense ha montado toda una trama, que ha contado con el espaldarazo de los medios de comunicación a su servicio. Por cierto, nada nuevo en estas lides.

Por mucho que se empeñe en demostrar lo contrario, el Departamento de Estado intenta agazapar la manipulación política de los presuntos hechos, tras su “preocupación” por la seguridad y el estado de salud de sus diplomáticos en La Habana.

A colación con ello, el director general de Estados Unidos del Ministerio de Relaciones Exteriores, Carlos Fernández de Cossío, alertaba en su cuenta de Twitter: “Estados Unidos tiene largo historial de acudir a la manipulación política y la agresión por vías abiertas y encubiertas para lograr sus propósitos políticos y económicos”.

En un inicio, el Departamento de Estado aludió a los acontecimientos como incidentes de salud, para más tarde referirse a estos con el término de ataques, sin presentar evidencia alguna de las posibles causas.

Apoyado en la fanfarria mediática, la administración de Donald Trump retiró la mayor parte de su personal de la embajada norteamericana de La Habana en septiembre de 2017 y afectó a una cifra incuantificable de personas radicadas en la isla y en el país norteño, debido a la paralización de los servicios consulares en la sede diplomática.

Con esos truenos en el horizonte, era previsible —como sucedió realmente— la expulsión de funcionarios cubanos de la embajada de la isla en Estados Unidos.

Tales procederes encajan perfectamente con la política de Donald Trump hacia Cuba, desde que el republicano tomara las riendas de Estados Unidos en enero del 2017. El mandatario no ha dejado de ponerle zancadillas al proceso gradual de acercamiento entre ambas naciones, iniciado por los entonces presidentes Raúl Castro y Barack Obama en diciembre de 2014. Como es harto conocido, Trump optó por leer y seguir el guión escrito por lo más recalcitrante de la derecha de Miami, Florida.

No desestimemos que en junio pasado, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba reiteró, en un comunicado, la inexistencia de pruebas acerca de los alegados ataques sónicos.

A la par de ello, la cancillería cubana también confirmó su interés en colaborar con las autoridades y expertos estadounidenses en el esclarecimiento de los hechos.

Citado por Prensa Latina, Fernández de Cossío expresó meses atrás que desde el primer día Cuba manifestó su disposición de cooperar con las investigaciones.

“Hemos hecho invitaciones —añadió el diplomático—, dado muestras de disposición a colaborar, compartido información y reclamado que se comparta la misma con nuestras autoridades y con el equipo multidisciplinario que ha trabajado en el tema”.

Una pregunta se torna obvia: ¿por qué el Gobierno estadounidense no ha accedido a la solicitud de Cuba de que expertos de la isla se reúnan con el personal diplomático norteamericano que mostró síntomas y perjuicios de salud?

La respuesta también se torna obvia. A estas alturas, reitero, posiblemente de tanto repetir la falaz historia de los presuntos ataques acústicos, quienes al final podrían quedarse sordos serán los propios voceros y funcionarios del Departamento de Estado.

Artículo publicado en: La columna, Sugerencia